OPINIÓN

Arlt (leído por Borges)

Todo el mundillo literario reconocía que Borges era imbatible, pero el sector de izquierda le oponía a Arlt como emblema de la literatura más vanguardista. Piglia dijo (un poco en broma, pero muy en serio) que “Borges es el último escritor argentino del siglo XIX; el primer escritor del siglo XX es Arlt”.

Daniel Molina
En los 70 hubo un enfrentamiento futbolístico en la literatura argentina, equivalente al clásico River-Boca. Era: Arlt o Borges (lo que por entonces significaba “la vida intensa frente al pensamiento alejado de lo real”; Roberto Arlt encarnaba lo vital y Jorge Luis Borges era el representante de lo irreal, cuando no de lo antipopular). Todo el mundillo literario reconocía que Borges era imbatible, pero el sector de izquierda le oponía a Arlt como emblema de la literatura más vanguardista. Piglia dijo (un poco en broma, pero muy en serio) que “Borges es el último escritor argentino del siglo XIX; el primer escritor del siglo XX es Arlt”.

El tiempo, gran demoledor de certezas, terminó dinamitando aquel enfrentamiento: Borges es hoy, sin dudas, el más grande escritor que dio el castellano desde el siglo XVII. Pero eso no borró a Arlt. Solo lo circunscribió en un lugar más humilde: es uno de los más grandes en este país de pequeños.

Arlt (1900-1942) fue contemporáneo de Borges (1899-1986), pero provenía de un mundo completamente distinto: hijo de una familia pobre, apenas si pudo tener una formación escolar básica. Desde pequeño se tuvo que ganar el pan con el sudor de su frente. Silvio Astier, el personaje principal de “El juguete rabioso”, es el alter ego de Arlt (es sintomático que Arlt se haya retratado en su primera novela como alguien que solo sabe fracasar).

Si leemos juntos los tres libros argentinos más importantes editados en 1926 (“La gloria de Don Ramiro”, de Enrique Larreta; “Don Segundo Sombra”, de Ricardo Güiraldes; y “El juguete rabioso”), la novela de Arlt parece llegada del futuro o de otro planeta. Casi nadie se dio cuenta que “El juguete rabioso” era una obra maestra y, a la vez, algo inaudito, tan nuevo que no tenía modelo y rompía todos los moldes. Uno de los pocos que reconoció en ese momento el genio del joven Arlt fue Borges: dijo que “El juguete rabioso” demostraba que había aparecido un escritor de esos de los que se iba a hablar 50 años más adelante. Y medio siglo más tarde, Borges volvió sobre “El juguete rabioso” y le dedicó uno de sus mejores cuentos: “El indigno” (en el libro “El informe de Brodie”).

En “El indigno”, Borges toma el momento incomprensible para una mentalidad progresista de la novela de Arlt y lo convierte en una historia propia. Ese momento desconcertante de “El juguete rabioso” es que Silvio Astier traicione a sus amigos (que lo habían invitado a participar de un robo fácil para ayudarlo). Ese momento cenital de la literatura argentina es rescatado por Borges en su cuento: allí deja de ser un episodio más de una novela que tenía muchas peripecias, y se transforma en el núcleo de la narración.

Borges era de hablar mal de todo el mundo en privado (hasta Shakespeare le parecía poco interesante -salvo “Macbeth”-, y por eso dijo que “era apenas un compadrito; si viviera hoy sería peronista”), pero en público elogiaba a cualquiera. Por eso los elogios de Borges valen poco, pero encontró una forma de mostrar lo que realmente le interesaba de la literatura: tomar lo que otro escritor había hecho y volverlo a reescribir a la manera borgeana. Entre los pocos casos en que eso sucedió está el homenaje a la novela de Roberto Arlt en “El indigno”.

Para que no queden dudas de que está homenajeando a Arlt, Borges lo nombra “Alt” al policía que recibe la información del que traiciona a sus amigos delincuentes. “Alt” es por Arlt pero sin la “r”, que es la única letra que comparten los apellidos Bo-R-ges y A-R-lt. Borges era capaz de homenajearlo a Arlt, pero se quedaba con la última palabra (o letra).

Arlt murió a los 42. En sus últimos años se dedicó al teatro (una de las pocas ocupaciones ligada a la literatura que en la primera parte del siglo XX podía generar algunas ganancias, aunque no fue su caso). Al morir llevaba más de una década sin publicar novelas y su época popular (cuando escribía las “Aguafuertes porteñas” en el diario El mundo) ya había pasado. La crítica no lo había ignorado, pero estuvo muy lejos de comprender que era un gran escritor. Siempre sintió que no había sido reconocido su talento.

Más de una década después de su muerte, Arlt fue rescatado. En primer lugar por los escritores de izquierda, ligados al grupo Contorno (en el que militaban Oscar Masotta, Carlos Correa, Juan José Sebreli y los hermanos Viñas, entre otros). En los 60 Arlt se convirtió en el Arlt que nosotros conocemos. En gran parte ese rescate monumental (hasta el punto de ponerlo a la altura de Borges) se debió a Ricardo Piglia (aunque no exclusivamente a él).

Piglia dijo (y es cierto): “Cualquiera puede corregir una página de Arlt, pero nadie puede escribirla”. Así de excepcional es su escritura. Si bien “Los siete locos” o “Los lanzallamas” son más populares, su opera magna, el libro que rompe con todo lo que existía e instala lo nuevo sin atenuantes es “El juguete rabioso”, su primera novela, publicada en 1926 gracias al apoyo de Ricardo Güiraldes (del que, además, era secretario).

En “El juguete rabioso” Arlt cuenta una historia de aprendizaje. Un adolescente quiere triunfar en la vida, sabiendo que va a ser muy difícil porque proviene de un hogar pobre, y lo intenta todo. Y en todo fracasa. Quiere estudiar para ingeniero, pero no aprueba. Prueba a trabajar en una librería para tener acceso a los libros y lo echan. Quiere quemar el local en el que había trabajado (porque sentía que había sido maltratado) y no lo logra. Le ofrecen participar de un robo (para ayudarlo) y denuncia a sus cómplices.

Pero, al final, aprende algo esencial: aprende a escribir. Y lo primero que cuenta es su vida. Esa vida narrada es “El juguete rabioso”. De tantos fracasos surge el oro de la narración. Silvio Astier (el personaje central, alter ego del autor) tiene que pasar por distintos estadios de la degradación para ir acercándose a la sabiduría. Primero realiza un mal abstracto: aprende a hacer un arma con la que podría matar (pero no la hace ni la usa; solo es mal en potencia); luego hace un mal concreto y “justo” (vengativo) que no se concreta (intenta quemar la librería donde fue humillado, pero no lo logra); luego hace un mal absurdo (nada lo justifica) y lo realiza (le prende fuego a los diarios que cubren a un pobre hombre que duerme en la calle); y por último, el gran aprendizaje: se convierte en traidor de sus amigos.

Borges dijo en su ensayo “Nuestro pobre individualismo” que “a diferencia del americano del norte o del europeo, para el argentino la policía es una mafia y la amistad, una religión; traicionar a un amigo es el mal absoluto”. Quizá estaba pensando en la novela de Arlt (sobre la que escribiría 25 años más tarde “El indigno”). Eso justamente es lo que hace Astier: traiciona a sus amigos. Pero esa degradación moral (“el mal absoluto”, según Borges) le ofrece una iluminación: ahora tiene una historia para contar. Se ha convertido en el poeta de la traición.

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