OPINIÓN

Abran las escuelas, pero no tenemos vacantes (y recortamos las computadoras)

El PRO se sumó alegremente a una campaña para que las clases presenciales vuelvan a como dé lugar. Mientras tanto, el Gobierno porteño recortó el plan de entrega de computadoras y continúa el problema para conseguir vacantes.

Werner Pertot


Con videos explicativos (y algo engañosos), con fotos de sus infancias, con invectivas de todo tipo, desde Juntos por el Cambio salieron con una campaña cuya consigna es “abran las escuelas”. Como hemos repasado  en esta columna en otras oportunidades, el tema de la educación presencial es uno de los más complejos y en el que no hay una receta infalible. El Gobierno porteño hace tiempo que tiene la mira puesta en volver a la presencialidad cueste lo que cueste. El Gobierno nacional, con algunos matices, ya anunció que volverán a un esquema de clases presenciales en forma progresiva. Yo no tengo la solución mágica, pero sí muchas dudas y me sorprende cuando se plantean estas cosas con tanta certeza. Más me llama la atención cuando quienes lo plantean son los mismos que niegan vacantes en la educación pública todos los años, incluso con fallos judiciales, y cuando son los que acaban de recortar el plan para entregar computadoras a estudiantes de escuelas públicas y mandaron ese dinero como subsidio a las privadas.

Hicieron circular un video en el que se ataca al espectador con la idea de que los casinos están abiertos y las escuelas no (como si requirieran la misma infraestructura y movilización de personas, uso del transporte público –solo en la Ciudad, se calculan un millón de personas circulando-, etcétera). Se lanzaron una serie de máximas para encender la indignación en las redes sociales, sin demasiada consideración sobre que tal vez algunas de las actividades recreativas que se abrieron empujan a que no se pueda retornar a las escuelas. Toda la campaña de Juntos por el Cambio se centró en las emociones, y no en la reflexión de cómo hacer para ir recuperando el sistema educativo que conocíamos en medio de una pandemia en la que ni los docentes están vacunados aún.

El ministro de Salud porteño, Fernán Quirós, salió a abonar esa teoría: "Lo que ya sabemos es que los niños y la escolaridad agregan poco a la gravedad de las pandemias. Esto está sobradamente demostrado. La comunidad educativa debe ser cuidada de manera apropiada. Hay que escuchar las miradas de todos. Debemos trabajar para lograr la mayor presencialidad posible". Quirós está poniendo en juego su reputación en un año en el que Horacio Rodríguez Larreta planea jugarlo como candidato.

Desde el Gobierno nacional, en el que antes habían enfrentado a la gestión PRO por este tema, cuando Soledad Acuña apuntaba a reabrir escuelas en momentos de mucha circulación del virus, ahora tomaron una postura diferente. El presidente Alberto Fernández dijo que "en marzo las clases se iniciarán", al declarar que "ya está tomada" la decisión de retomar la presencialidad en las aulas en lo inmediato. El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, afirmó que “tenemos expectativa de que en febrero vacunemos al personal docente". Por si alguien tenía dudas: la campaña de Juntos por el Cambio siguió como si nadie hubiera dicho nada o como si el presidente hubiera afirmado que las clases presenciales no volverán jamás. De hecho, se metió el ex presidente Mauricio Macri, que ajustó la educación siempre que pudo y en cada gobierno del que formó parte, a decir que está muy preocupado por esto. Cinismo sin límite.

En el medio, los gremios docentes tuvieron una reunión con el equipo de Soledad Acuña (ahora ella está aislada, porque contrajo COVID), en la que les dijeron que las clases empiezan el 17 de febrero sí o sí. Es notoria la decisión de convocar a un sindicato para informarle de una decisión tomada, sin margen a ninguna negociación. Las titulares de UTE-CTERA y Ademys llevaron indicadores epidemiológicos, incluso algunos tomados del Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos, para señalar que estamos lejos de un escenario de retorno presencial sin peligros. Por supuesto, no fueron escuchados. Advirtieron que el escenario que busca configurar la gestión PRO es que sean los sindicatos los que digan que no, o hagan un paro, de forma tal de tener un chivo expiatorio. El año pasado jugaron al mismo juego: buscaban hacer algo fuera del sentido común y esperaban el “no” del Gobierno nacional (que ya no está). Una forma notoria de gobernar, sin hacerse cargo de los problemas reales y concretos que enfrentamos.

Como si fuera poco, el legislador del Frente de Todos, Juan Manuel Valdés, reveló esta semana que pasó que el Gobierno porteño le recortó 371 millones de pesos al Plan Sarmiento (para entregar computadoras a los estudiantes de escuelas públicas y lo transformó en presupuesto para las privadas). También advirtió que hubo un recorte en infraestructura escolar del 78 por ciento desde 2019 hasta este año y que el presupuesto educativo tiene la participación más baja sobre el total de la historia de la Ciudad (17,18 por ciento). Los que hacen esto recortan en áreas imprescindibles en pandemia como son la conexión digital de estudiantes y el acondicionamiento de escuelas.

A eso hay que sumarle las medidas para la foto: se hicieron encuentros en escuelas con un fin poco claro y baja concurrencia hasta fines del año pasado; ahora, hay denuncias de que en las colonias (escuelas de verano) no se cumplen los protocolos, se aglomeran en los micros y en las distintas actividades. “¿Así van a cuidar a nuestros hijos cuando vuelva la presencialidad?", se preguntaba una madre. La realidad es que esto que se vio nos acerca más al escenario concreto al que nos vamos a enfrentar este año, y no al ideal y marketinero que venden en la campaña de “abran las escuelas”.

Que quede claro: yo quisiera que las clases vuelvan de forma presencial. Mi hija mayor, por citar un caso personal, lo necesita como pocas cosas. Pero hay que ver en qué condiciones se puede dar esto. Antes que a estos gobernantes, yo prestaría atención a algunos especialistas tanto en salud como en educación, que pintan un panorama mucho más lleno de matices, de grises y mucho menos cargado de las certezas de las campañas políticas que estamos experimentando.

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