PATRIMONIO

La cúpula de la Confitería del Molino empieza a verse como hace 100 años

Pese a la cuarentena, la restauración avanza. Los restauradores debieron reponer piezas faltantes, y para eso tuvieron que documentarse.


En las últimas semanas, se volvió a trabajar en la restauración de la Confitería del Molino, ubicada en la esquina de Rivadavia y Callao. De a poco está recuperando su esplendor, la cúpula en aguja fue siempre su marca registrada: media cuadra de altura, 1.200 metros cuadrados de vitrales.
 
Los restauradores pertenecen a empresas tercerizadas, Progorod S.A. trabajan en la cúpula y HIT Construcciones, en la fachada, distanciados, con guantes y tapabocas. Se replican las figuras y los ornatos de bronce que estaban en la planta baja, y siguen recuperándose esas piezas vítreas tan delicadas de la cúpula llamadas teselas. También arrancó la restauración del sistema de aspas del molino y de la estructura de uno de los balcones del quinto piso, sobre Callao, informa Clarín.
 
El edificio tiene además su propio equipo de restauradores, como parte de la monumental obra coordinada por la Comisión Bicameral Administradora del Edificio del Molino, que se creó tras la transferencia del inmueble al Congreso de la Nación.
 
Esos trabajadores propios aún no retomaron tareas, pero sí recibieron capacitaciones virtuales sobre el nuevo protocolo específico del edificio, que fue aprobado por el Gobierno porteño. Muchos siguieron trabajando desde sus casas, elaborando fichas y planos, catalogando material arqueológico encontrado en el inmueble y preparando la documentación para futuras licitaciones.
 
Manchas, fisuras, musgo, costras negras, una superficie irregular que muestra cómo la polución no sólo ensucia: desgasta. Más aún en una esquina tan transitada como la del Congreso de la Nación. Hierros estructurales expuestos, muro con roturas, pérdida de teselas. La cúpula en aguja no se salvó de la desidia general que sufrió el edificio desde que cerró sus puertas en 1997. Preservar el diseño original del revestimiento en ese escenario fue un desafío.
 
Además de recuperar las superficies dañadas, los restauradores debieron reponer las piezas faltantes, tarea que empezaron antes de la pandemia. Y para eso tuvieron que documentarse: buscar en documentos escritos, planos, fotos e investigaciones propias. Incluso valerse de aportes de vecinos convocados en las redes sociales del Molino, que en Instagram supera los 20.000 seguidores. Así pudieron respetar los colores y la disposición de las teselas en la estructura geométrica, y computar lo perdido para poder restituirlo.
 
Además de revisar diseños en planos viejos, los restauradores calcaron in situ los módulos en mejor estado de conservación, usando el tradicional papel de calcar. Eso permitió medir cada una de las piezas y hacer un relevamiento más exacto. Luego se volcó la información en nuevos planos a escala real, con códigos de forma y color. Y así se hicieron plantillas, para empezar a reponer las piezas faltantes diseñando, coloreando y horneando las teselas vítreas de acuerdo a esa información.
 
Las costras negras que recubrían parte de la cúpula y que en muchos casos superaban los dos milímetros de espesor, fueron removidas con herramientas poco invasivas, como estacas de madera, espátulas de metal de bordes curvos y bisturíes para evitar rayar el material o aflojar piezas. Las teselas que estaban íntegras recibieron doble limpieza: una con pinceleta seca y otra con agua jabonosa de pH neutro con un pincel. El enjuague, con esponja y agua.


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