OPINIÓN

La marcha atrás forzada de Larreta

Tuvo que dar de baja a los runners nocturnos y a los comercios no esenciales, pese a que su discurso fue siempre en la línea de más testeos y menos restricciones.

Werner Pertot


Que no, que no, que no. Horacio Rodríguez Larreta se venía resistiendo con todo lo que tenía a dar marcha atrás en las fases de la cuarentena. En la reunión del lunes pasado con Axel Kicillof y Alberto Fernández había pedido unos días más para evaluar los números. No quería dar de baja a los runners y, sobre todo, dar marcha atrás con la reapertura de comercios no esenciales. Pero todos lo vimos en el mensaje grabado (más allá de su versión daft punk por los problemas del sonido) diciendo que había que volver a restringir. ¿Fueron los números de la pandemia –y los consejos de su ministro de Salud, Fernán Quiros- los que terminaron por llevar al jefe de Gobierno a ponerlos por encima de las encuestas que le hablan del fastidio social con la cuarentena? El mandatario se quedó sin lugar para poder mantener su postura más preocupada por la economía, pero las tensiones seguramente resurgirán en dos semanas. Presiones no le falta a Larreta.

Durante los primeros tiempos de la cuarentena, Larreta fue de los más restrictivos –en sintonía con cierto humor social-, lo que lo llevó a chocar con el ala dura del PRO, que lidera Mauricio Macri y que hace eje en la economía y en los reclamos de las grandes empresas. Con el tiempo, Larreta comenzó a virar y a escuchar más al sector liberal de su gobierno. Seguramente influyeron los informes que le pasó su ministro de Hacienda, Martín Mura, de cómo venía cayendo la recaudación porteña por vía del desplome de la actividad.

Pero no fue lo único: a las diferencias ideológicas que Larreta tiene con Kicillof se suman dos distritos muy distintos. Es de Perogrullo: una es una urbe con un presupuesto generoso; el otro un distrito inmenso con problemas mucho más diversos y profundos. El sector privado de salud es importante en la Ciudad y en provincia -salvo en algunos distritos puntuales- es mucho menor. Los funcionarios porteños hacen mucho énfasis en esto: si estaban en una línea más aperturista era porque ciertas condiciones objetivas (digamos: la ocupación de camas de terapia intensiva, el índice de contagiosidad, etc.) se los estaban permitiendo, mientras que en la provincia de Buenos Aires el escenario era muy otro.

Pero esa línea comenzó a cambiar hacia fines de la semana pasada. El primer indicio lo analizamos en la última columna: el jefe de Gobierno se trasladó hasta La Plata y se mostró junto a Kicillof para dar una señal política. En esa conferencia, dijo que no le iba a temblar el pulso para dar marcha atrás con las reaperturas si hacía falta. Después de eso, según cuenta el periodista Santiago Fioriti en Clarín, recibió llamados de empresarios que le pidieron que no afloje en su decisión de ir reabriendo. Quizás por eso, en la reunión del lunes siguiente, fue el que pidió tiempo para evaluar la situación. Kicillof seguía apurándolo para tomar una decisión conjunta de “cerrar todo” y Alberto Fernández se seguía mostrando cómodo en su rol de mediador. No obstante, el presidente no perdió oportunidad para criticarlo en público por mantener habilitada una actividad como el running, que no parecería estar entre las esenciales en el contexto que estamos enfrentando (y eso que quien esto escribe ama salir a correr).

Finalmente, tras arduas negociaciones, Larreta tuvo que entregar ese caballito de batalla PRO y también los 70 mil comercios no esenciales que tendrán que volver a cerrar, lo que obviamente representa un nuevo daño económico para sectores como el textil. Y otro golpe para la recaudación porteña, algo que Larreta observa en detalle: ya el impuesto a patentes tiene una mora del 60 por ciento, Ingresos Brutos cayó un 15 por ciento, todos los indicadores son malos.

La pandemia implica una situación donde no parece haber soluciones “buenas”: el aislamiento general provoca daños económicos; la decisión contraria, daños sobre la salud de la población. Una figura que fue central en el Gobierno anterior me decía hace unos días que no le gustaría estar en los zapatos de los que tienen que gobernar y tomar decisiones en un contexto tan difícil. “Si cuando tenés que trabajar sobre cosas que se probaron durante décadas te equivocás, imaginate con una situación que no tiene antecedentes”, me decía. Esta es la realidad de todos los gobernantes, ya sea que se llamen Kicillof o Larreta.

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