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Exclusivo: la historia del hombre que le da pelea a SBASE por la accesibilidad en el subte

Trabajó por más de diéz años en la Galería Sur debajo del Obelisco. Está en silla de ruedas y por más de una década debió pedir a dos personas que le ayudaran a bajar la escalera para llegar a su lugar de trabajo. En el marco de su causa, la Justicia resolvió que, cuando no funcionen los medios de elevación en las estaciones, los usuarios no tendrán que pagar boleto.



Por Ayelén Bonino

Gustavo Fernández trabajó por más de diéz años en la Galería Sur-Pedro de Mendoza del subte de la Ciudad de Buenos Aires. Allí, tenía un local de reparación de celulares donde arreglaba  teléfonos “en el acto”. Su comercio estaba ubicado en medio del pasaje que, con la Galería Norte, conforman dos hileras subterráneas de tiendas que conectan ambas márgenes de la avenida 9 de Julio por debajo de la calle. Estos pasillos comparten su entrada con las líneas B, C y D del subte, pero en la mayoría de sus accesos no hay escaleras mecánicas, rampas ni ascensores.  

Por un accidente en moto, Gustavo está en silla de ruedas. Durante todos los días, por más de una década, debió pedir a dos personas que le ayudaran a bajar los 28 escalones de la escalera ubicada en el  ingreso de Cerrito al 300 para llegar a su lugar de trabajo. “Me ayudaban los senegaleses que andaban vendiendo cadenas. Mi horario de atención era de 11 a 6 de la tarde  y a veces no llegaba. Me comía una hora esperando con el frío para que alguien me ayude”, detalla a Nueva Ciudad.

La “Galería Obelisco Norte”, también conocida como “Pasaje Juan de Garay” se comunica con el vestíbulo de la estación Carlos Pellegrini de la Línea B, y desde la “Galería Obelisco Sur” o “Pasaje Pedro de Mendoza” se puede ingresar a la estación 9 de Julio de la Línea D. Allí no hay otra forma de ascenso y descenso más que la escalera común. No existen rampas, escaleras mecánicas o ascensores, un impedimento para no videntes, gente en silla de ruedas, adultos mayores y hasta para quienes tienen cochecitos de bebés.  Un hecho no menor si se tiene en cuenta que son dos de las estaciones del subte más céntricas en la Ciudad. 

La Galería Sur, debajo de la 9 de Julio.


Después del ingreso por Cerrito, la otra opción para Gustavo era bajar por la entrada de Carlos Pellegrini al 300, debajo del histórico cartel de Coca Cola que mira al Obelisco. “Ahí hay 56 escalones, y tampoco hay ascensores, escalera mecánica o rampas. Si vos querés entrar por el lado de subte podés hacerlo bajando por la línea C por una escalera mecánica, pero en mi caso me tenía que tener alguien de atrás. Es muy complicado”, explica. El problema mayor para Gustavo se daba al finalizar la jornada laboral. A sus más de 100 kilos debía sumar otros diez por la silla de ruedas y más de un metro noventa de altura. “Hasta he pagado a muchachos de acá en la calle porque yo, como mido 1.92 y peso más de 100 kilos, para bajar necesitaba de dos personas pero para subir de cuatro”, agrega. 

Las Galerías Norte y Sur fueron renovadas y reinauguradas por el Gobierno porteño en 2014. Según informaban por esos días, la idea era “fomentar un espacio comercial más cómodo, moderno y seguro”. Las reformas incluyeron70 locales, entre los que hay peluquerías, relojerías, marroquinerías, venta de artículos deportivos y comercios gastronómicos. Con las obras, se puso un nuevo sistema de aire acondicionado, se modernizaron las luminarias, techos y el sistema eléctrico. “Cuando se reinauguró, prometieron que iban a poner escaleras y ascensores, pero hasta ahora nada”, detalla una comerciante a Nueva Ciudad, quien recorrió el lugar para constatar la falta de acceso. 

Gustavo cuenta: “El Gobienro de la Ciudad, cuando estaba Mauricio Macri, hizo la galería nueva y querían sacar a todos. Cerraron un año, nos dieron el lucro cesante ese tiempo. Después dijeron que iban a inaugurar la galería. Como yo estaba en silla de ruedas me iban a poner un acceso para evitarme los 28 escalones. Son cuatro rampas en realidad que tendrían que estar por ley. Me pusieron el local a mi nombre y me pusieron un baño para discapacitados, que es enorme”.  

Uno de los accesos a la Galería Sur.


Y agrega: “Faltando días para inaugurarse, yo llamaba para ver qué pasaba porque no veía ninguna rampa, no veía nada. Y llegó el día que se inauguró. Cortaron la cinta y yo no podía bajar”. En la Galería todos recuerdan cuando tiempo después Gustavo Fernández se calló por las escaleras. “Me estaban ayudando dos personas a bajar y se patinaron con los mocasines. Me habré pegado un palo más o menos de 10 escalones. Me lastimné la espalda. Terminé con inflamaciones y fui a parar al hospital de Argerich”, recuerda.  

En la Galería Sur, su negocio hoy se encuentra cerrado y con las persianas bajas. Hace más de un año decidió comenzar acciones legales contra SBASE. Tras esto, empezó a sentirse “hostigado” por la empresa. “Me vino una documentación diciendo que me querían sacar por fuerza pública si yo no me iba. Después vino uno de los empleados de SBASE a hostigarme que si  yo no me iba, iba a venir la fuerza pública y que iba a ser peor. Yo le explicaba que el problema no estaba solucionado y que no tenía ninguna coherencia lo que estaban haciendo. Yo seguía alquilando el local, lo que no podía era pagarlo porque no llegaba a horario, perdía clientes, se me complicaba subir”, detalla. 

El caso se hizo conocido cuando el Juzgado de primera instancia en lo Contencioso Administrativo y Tributario n° 2, a cargo del juez Roberto Gallardo, hizo lugar a un recurso de amparo y emitió una medida cautelar que obliga a Metrovías a la colocación de un tótem de asistencia para personas con discapacidad en las estaciones del Subte. A esto se le sumó el reciente fallo por el que el juez Gallardo insta a SBASE y Metrovías a devolver el precio del boleto a los usuarios que lo requieran cuando los medios de elevación no funcionen.

El comercio de Gustavo Fernández, cerrado.
 

Según detalló a Nueva Ciudad el abogado Claudio Alberto Trugman, que representa al hombre, a la fecha reclaman a la empresa una indemnización integral que cubra el lucro cesante por no poder operar el local y el daño moral. “Comprar una silla sale $150.000 y la que él tenía se estropeó en el accidente que tuvo en una ocasión de ingresar a su lugar de trabajo”, explica el letrado a este sitio. Hace algunos meses las partes terminaron una mediación que no llegó a buen puerto.  

Hoy, para Gustavo Fernández lo más importante es recuperar su fuente laboral. “No tengo laburo, tengo dos hijos, mi señora es discapacitada también. Tengo que salir a buscar el mango juntándome con la gente y clientes que todavía confían en mí. Muchos me siguen llamando y me los cruzo por la zona de mi ex comercio. Me vengo todos los santos días de Remedio de Escalada a buscar trabajo, a veces a pararme en la puerta de la Galería a estar 10 horas esperando a que haya gente que me reconozca. Lo más importante es que se haga público y que alguien me pueda dar una mano para trabajar. Quiero trabajar, que nadie me regale nada”, concluye.      

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