OPINIÓN

Un gran olvidado: Manuel Mujica Láinez

Manuel Mujica Láinez fue nuestro primer artista pop. Fue un dandy aplicado que tenía el don de la ubicuidad: estaba siempre en todos los lugares en los que hay que estar para ver y ser visto.

Daniel Molina
Manuel Mujica Láinez fue nuestro primer artista pop. Hoy está olvidado y es poco leído, pero hace 40 años era el escritor más famoso de la Argentina (luego de Borges). Nació en el año del Centenario en el seno de una de las familias más ricas. Vino al mundo en el día en que se conmemoraba la muerte de Sarmiento: el 11 de septiembre de 1910. Lo llamaron Manuel Bernabé Mujica Láinez, pero todos lo conocemos como Manucho. Fue un dandy aplicado que tenía el don de la ubicuidad: estaba siempre en todos los lugares en los que hay que estar para ver y ser visto. A pesar de una vida social tan apabullante, encontró tiempo para escribir más de 30 libros, dar varias veces la vuelta al mundo y publicar miles de artículos sobre literatura y arte.

Durante tres décadas fue brillante cronista del diario La Nación. Dio fiestas memorables que salían en las tapas de las revistas y no se perdió una función del Gran Abono de ópera en el Colón. Le gustaba cultivar una imagen frívola. Coqueteaba con la ambigüedad sexual: una rara ambigüedad, ya que no engañaba a nadie, ni siquiera a las abuelas que trataban de mostrarse escandalizadas por sus alusiones muy directas en una época en la que no se podía ni siquiera mencionar la homosexualidad.

Como sus amados Oscar Wilde y Jean Cocteau, Manucho comprendió que el arte moderno se centra en la pose. Pero su pose era tan estentórea que, durante las últimas décadas de su vida, ocultó su obra; la relegó a un segundo plano. A pesar de que sus libros se vendían masivamente, era más conocido como personaje de la noche porteña que como el gran narrador que fue. En sus mejores libros (Misteriosa Buenos Aires -1949-, Aquí vivieron -1950-, La casa -1954-) se deja oír el último aliento de la elite porteña que alcanzó su cima en el Centenario. Hay mucho de la Generación del 80 en su prosa.

Tenía el mismo espíritu de cronista que Lucio V. Mansilla. La misma mirada aguda, la misma pasión por los pequeños detalles; esos que con su luz callada son capaces de iluminar escenas monumentales, sin énfasis. Su gran momento creativo ocurrió entre los 40 y los 50. Sus primeras obras importantes fueron tres biografías de escritores del siglo XIX: Miguel Cané -1942-, Hilario Ascasubi -1943- y Estanislao del Campo -1948-.

Su mejor ciclo narrativo fue la llamada “saga porteña” que, además de Aquí vivieron y La casa, incluye Los ídolos -1953-, Los viajeros -1955- e Invitados en El Paraíso -1957-. Como traductor ha dejado una versión memorable de los sonetos de Shakespeare y otra de Fedra de Racine.

La fama y la popularidad las alcanzó en los 60, cuando la dictadura de Onganía - a instancias de la mujer del dictador, a la que sus amigos ultramontanos le habían advertido que contenía escenas “indecentes” en las se burlaba de la Biblia- prohibió la ejecución en el Colón de la ópera Bomarzo. La ópera contaba con libreto de Manucho y música de Alberto Ginastera, y estaba basada en su monumental novela homónima, publicada en 1962.

Bomarzo se estrenó en Washington y al estreno concurrió el embajador argentino, Alvaro Alsogaray (un entusiasta admirador de Manucho, quien además apoyó el estreno en otros teatros de EUU -pocos meses más tarde se la puso en escena en el Lincoln Center de Nueva York-). El escándalo cultural fue internacional. La revista Time, en su edición del 17 de agosto de 1967, afirmaba que el general Juan Carlos Onganía había dicho a sus íntimos: "Mi mujer y mi hija tuvieron que ver las indecencias de estos bailarines semidesnudos, tras lo cual hoy hemos debido ir a confesarnos".

Los otros libros históricos de Manucho (El unicornio -1965-, El escarabajo - 1982-), centrados en personajes inmortales que van narrando, de siglo en siglo, las aventuras de un alma que no es capaz de sosiego, son los que más abundan en largos fragmentos de prosa decorativa. Esa tendencia hacia el preciosismo descriptivo, Manucho la comparte con Enrique Larreta: ambos admiradores incondicionales de Gabriele D’Annunzio, padre del estilo que los llevó a privilegiar en demasía la belleza de cada frase, de cada período y de cada párrafo.

Hijo de una rica familia patricia, Manucho gozó desde siempre la situación privilegiada que dan el dinero y el poder, pero jamás abusó de ella. Fue extrañamente querido por todos en una época en la que abundaron las luchas políticas y las disputas de camarillas. La anécdotas sobre su vida eran la comidilla de todas las facciones, desde la de los escritores más conservadores hasta los círculos de izquierda. Solía aparecer en público con chalecos estentóreos, monóculo y bastones ricamente ornamentados. Siempre acompañado de hermosos y jóvenes acompañantes, que cambiaba con cada temporada. Una vez un amigo, antes de un estreno teatral, le presentó a su joven acompañante como su “sobrino” y Manucho le dijo que ya lo conocía: “Fue mi sobrino el invierno pasado”.

Manucho Mujica Láinez perteneció a la misma generación que se inicia con Borges (que era once años mayor) y que va hasta Bioy y Cortázar (que fueron cuatro años menores) y que incluye a Arlt, a Sábato y a Bianco. Cuando cumplió 20 años, el golpe de Uriburu enterró para siempre la república que había soñado la generación del 80.

Durante los años peronistas estuvo, como Borges y Bioy, en el bando opositor. En los 60 aplaudió los cambios que irrumpieron con el surgimiento de la cultura juvenil, pero los vivió completamente desde afuera. Cuando murió, el 21 de abril de 1984, era más conocido como personaje de la farándula que como escritor. Fue muy moderno antes de tiempo y ahora lo vemos como un escritor de otra época. Siempre fue un poco anacrónico: como los grandes artistas.

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