CIUDAD

El Buenos Aires que está enterrado

Debajo de cada baldosa de la ciudad hay un relato que nos transporta a un pasado que nos pertenece, pero del que solemos desconocer todo.

Daniel Molina


Los lugares tienen memoria. Debajo de cada baldosa de la ciudad hay un relato que nos transporta a un pasado que nos pertenece, pero del que solemos desconocer todo. Una buena forma de acceder a ese Buenos Aires de antaño es recorrer las muestras arqueológicas e históricas que suele organizar el Museo de la Ciudad (con varias salas en la intersección de las calles Defensa y Alsina, a una cuadra de Plaza de Mayo).

El actual Parque Las Heras, por ejemplo, fue la vieja penitenciaría de la ciudad. En 1869 se decidió construir una cárcel que se adecuara a los preceptos que la Constitución Nacional demandaba en su artículo 18 (“Las cárceles de la Confederación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice.”). Las cárceles existentes por ese entonces estaban en condiciones horribles. Se decidió construir la nueva penitenciaría como una cárcel modelo y para ello se necesitaba un terreno muy amplio. Por eso se eligió levantarla en un área muy alejada de la zona poblada, pero a la que se podía acceder con cierta facilidad, ya que había un camino de tierra que comunicaba el Centro con los bosques de Palermo.

En un predio de 12 hectáreas (delimitadas por las actuales Las Heras, Juncal, Coronel Díaz y Salguero) se construyó la Penitenciaría Nacional. El proyecto pertenecía al arquitecto Ernesto Bunge (que era el primer arquitecto recibido en la Universidad de Buenos Aires). El edificio estuvo totalmente construido en 1876. A comienzos del siglo XX la zona ya se había transformado (se había creado un barrio residencial a su alrededor) y se comenzó a debatir cerrarla y construir otras cárceles más alejadas del centro urbano. La Penitenciaría, sin embargo, siguió funcionando hasta 1962, cuando fue completamente demolida. Todas las edificaciones subterráneas (desde calabozos hasta depósitos) aún se encuentran enterradas bajo el actual Parque Las Heras.

Si bien la Constitución de 1853 prohibió la pena de muerte, los gobiernos surgidos de los golpes militares violaron también ese artículo de la Ley Suprema y fusilaron a opositores políticos. Todas los fusilamientos reconocidos se realizaron en la Penitenciaría. En 1931 se fusiló en la Penitenciaría a los anarquistas Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó por orden del gobierno del General Uriburu. En 1956, el Gobierno del general Aramburu fusiló allí al General Juan José Valle y a dos suboficiales del Ejército.

También la Penitenciaría pertenece a la memoria literaria argentina. Bustos Domecq es un autor ficticio (seudónimo bajo el cual publicaron cuentos policiales que escribieron en colaboración Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares a comienzos de los 40). En 1942 apareció el primero libro de Bustos Domecq, titulado “Seis problemas para don Isidro Parodi”. Isidro Parodi es un detective que devela la trama de los crímenes que se le pide investigar desde la celda 273 de la Penitenciaría Nacional, ya que es un viejo “penado” (como se llamaba popularmente a los presos que tenían “pena” o condena confirmada), consultado por un policía que confía en su capacidad analítica.
La céntrica Plaza Roberto Arlt (que está en Esmeralda, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre) tiene también una historia que se remonta hasta el Buenos Aires colonial. En el siglo XVIII la parroquia de San Miguel, cuyo iglesia se levanta en la misma manzana de esta plaza (Bartolomé Mitre y Suipacha), estaba destinada a proteger huérfanos, mujeres y pobres. En el terreno de al lado de la iglesia -la actual plaza- se estableció un cementerio en el que eran enterrados quienes no podían pagar el ser inhumados en el interior de la iglesia (aun no existían los cementerios públicos). Además del cementerio de pobres y huérfanos, bajo la Plaza Roberto Arlt todavía se encuentran las bases y sótanos del primer Hospital de Mujeres (que, años más tarde, sería la Asistencia Pública, uno de los pocos edificios coloniales que sobrevivió hasta 1970).

La Plaza San Martín es uno los pocos restos que sobreviven de la antigua barranca al río que marca la topografía que tenía Buenos Aires en la época de la colonización. En ese mismo lugar se estableció el primer mercado de esclavos que funcionó en la ciudad, instalado en una casa de campo que había construido el gobernador Agustín Robles a mediados de la década de 1690. Robles, que había llegado a la ciudad como Gobernador del Río de la Plata en 1691, había comprado esos terrenos -que ya eran conocidos como El Retiro- a Miguel Riglos.

En 1801 en la actual Plaza San Martín se construyó la Plaza de Toros (que sobrevivió hasta 1819, cuando se la demolió para levantar el Cuartel del Retiro). Sin embargo, la Plaza de Toros ya había sido usada como cuartel en 1812: allí San Martín tuvo su primer cargo militar en la Argentina,  usando el terreno como plaza de armas para ejercicios militares.

Décadas más tarde se reconstruyó en la parte superior de la barranca el edificio de cristal y metal que se había hecho para servir como Pabellón Argentino en París, durante la Exposición Internacional de 1889, bajo la Torre Eiffel. En ese edificio (ya asentado en Plaza San Martín) estuvo la primera sede del Museo de Bellas Artes (funcionó allí durante 30 años, hasta que se mudó al edificio que actualmente ocupa en la avenida del Libertador).

A pesar de la fuerza arrasadora del progreso urbano, bajo la superficie de Buenos Aires sobreviven los ecos de ese pasado que nos constituye. Sin las historias reales (los fusilados, el dolor de los presos) y ficticias (los cuentos de Borges y Bioy) de la Penitenciaría del Parque Las Heras; sin las vidas anónimas de los pobres y huérfanos que fueron a dar con sus cuerpos exhaustos al cementerio de la iglesia San Miguel; sin los esclavos que llegaban, luego de semanas de viaje, al Retiro para ser vendidos al mejor postor, nuestra vida pierde densidad existencial. No somos un mero presente que se diluye en la nada. Somos hijos de ese pasado.

Somos, también, los que van a dejar su impronta en la memoria futura de la ciudad junto al río inmóvil.    

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