OPINIÓN

Una orgía de derechos

De acuerdo con el dirigente gastronómico Dante Camaño, al parecer, el kirchnerismo amplió los derechos de forma exagerada y, aún peor, lo hizo “sin obligaciones”, un requisito extraño.

Sebastián Fernández
El dirigente gremial Dante Camaño, de un oficialismo contagioso, opinó que el gobierno de Mauricio Macri afronta el desafío de “volver a generar una cultura del trabajo” para dejar atrás la etapa kirchnerista caracterizada por “una orgía de derechos” sin “obligaciones”. Entre otras declaraciones que harían sonrojar a Donald Trump, denunció el supuesto acceso irrestricto de extranjeros y de turistas que en realidad “vienen a estudiar, a operarse o a trabajar clandestinamente o algunos vienen a traer droga”. Es asombroso que un dirigente gastronómico denuncie a esos mismos turistas que los restaurantes en los que trabajan sus representados esperan con ansias para compensar la caída del consumo local, pero nada puede ser más asombroso que la noción de “orgía de derechos”.

Al parecer, el kirchnerismo amplió los derechos de forma exagerada y, aún peor, lo hizo “sin obligaciones”, un requisito extraño. ¿Con qué obligaciones tuvieron que compensar los empleados el derecho básico a poder sentarse (1907), trabajar sólo 8 horas diarias (1929) o contar con vacaciones pagas (1945)? Pero, además, ¿de qué forma esas otras “orgías de derechos” afectaron la “cultura del trabajo” que tanto parece atormentar a este dirigente gremial con preocupaciones de empresario? La Historia parece contradecir a Camaño: las mejoras orgiásticas de las condiciones de trabajo no sólo mejoraron la calidad de vida de los empleados sino que correspondieron a un aumento sostenido de su productividad y de la riqueza general.

En su programa de los domingos, Jorge Lanata explicó que “no podemos aceptar como normal que el Estado pague la luz y el gas”. Más allá de la chicana de asimilar subsidio a pago total, lo extraño es que esa anormalidad fue norma durante una década y en otros países lo es hace mucho tiempo más. Al parecer, podemos subsidiar a los ricos -eliminando retenciones, reduciendo impuestos o no implementando otros, como el de la herencia- pero no está bien subsidiar a la clase media y a los pobres. Tal vez el próximo paso consista en explicarnos lo insostenible que resulta la escuela o la salud gratuitas o incluso la gratuidad de las plazas, pagadas como todos sabemos por el contribuyente y no por el usuario.

En una columna en Clarín, el economista Luis Rappoport, escribió que “la pretensión sindical de recuperar el poder adquisitivo de los salarios es un peligro por la simple razón de que un país más pobre no puede sostener los mismos salarios de cuando era rico (…) La sociedad debe asumir esa realidad, de la misma manera como la sociedad inglesa -en tiempos mucho más dramáticos de 'sangre, sudor y lágrimas'- asumía que caerían bombas sobre Londres.” El economista no considera en el necesario esfuerzo a las ganancias empresariales y sostiene que está bien pagarle a los holdouts aunque seamos, según su propio análisis, un país pobre. En el “relato” de Rappoport (para retomar un término muy en boga), “la sociedad” no incluye a accionistas, rentistas o empresarios y la voluntad elemental de mantener el poder adquisitivo del salario- ni siquiera de aumentarlo- es una pretensión peligrosa. La sangre, el sudor y las lágrimas deberán ser aportados exclusivamente por los empleados.

Durante años, la crítica al kirchnerismo se centró en su esencia autoritaria- que nos llevaba hacia un país cada vez menos libre-, en el empobrecimiento creciente de las mayorías y en los indignantes “subsidios a los ricos”. Hoy nos enteramos que ese modelo liberticida fue en realidad una “orgía de derechos”, que el país empobrecido por las políticas populistas tenía al parecer salarios demasiado altos como para poder mantenerlos y que los subsidios a los ricos no eran más que inaceptables subsidios a la clase media y a los pobres.

Pero, en todo caso, debemos agradecer que, igual que González Fraga, la vicepresidenta Michetti o el propio presidente Macri, la opinión oficialista deje de lado el slang generoso en globos, banalidades y buenas intenciones del PRO y prefiera la honestidad brutal del discurso conservador: la "orgía de derechos" debía terminar.

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