ASUNCIÓN DEL NUEVO PRESIDENTE

El baile del balcón

Está claro que el discurso de asunción de Mauricio Macri no pasará a la historia como una pieza de oratoria ni mucho menos será recordado por sus definiciones políticas. Simplemente porque no fue un discurso político sino una pieza fríamente diseñada de una operación mayor.

Rafael Gentili
Permítanme ir contra lo que debe ser -supongo, tal vez me equivoque- la opinión mayoritariamente negativa, entre los y las lectores de este portal, sobre el discurso de asunción de mando de Mauricio Macri. Está claro que no pasará a la historia como una pieza de oratoria ni mucho menos será recordado por sus definiciones políticas. Simplemente porque no fue un discurso político sino una pieza fríamente diseñada de una operación mayor.

Ese discurso de ondas de amor y paz, que durante la campaña electoral estuvo potenciado por una escenografía que lo tenía a Mauricio Macri en el centro, rodeado de gente, con la camisa afuera, y caminando de aquí para allá, micrófono en mano, hablando de amor, concordia y esperanza. Esta vez el protocolo no permitía tanto pero el ingeniero se las ingenió para transmitir gestualmente ese mensaje con su baile en el balcón de la Casa Rosada, acompañado por el canto algo exagerado de su vice. El ridículo vale si el mensaje llega. Y el mensaje llega. Y se amplifica a través de los medios de comunicación.

Y el mensaje que llega entre tanto vacío doctrinario es que ellos vinieron a inaugurar un nuevo tiempo de concordia entre los argentinos, después de 12 años de intolerancia y autoritarismo kirchnerista. Ellos son la alegría. Los que vienen a construir y a tenderle una mano a todos los argentinos pero especialmente a los más necesitados. Un bálsamo. Así se cierra la operación que se inauguró hace ya 8 años con la estética de los globos y la buena onda.

El mensaje que llega entre tanto vacío doctrinario es que ellos vinieron a inaugurar un nuevo tiempo de concordia entre los argentinos, después de 12 años de intolerancia y autoritarismo kirchnerista. Ellos son la alegría.

 
Durante mucho tiempo, muchos de nosotros subestimamos y vilipendiamos esa estética, con buenos argumentos. No es que fuéramos tontos. Ciertamente es una estética muy naif, que subestima al destinatario del mensaje. Pero ha sido muy eficaz. Incluso, con el paso de los años y la propia evolución del ciclo kirchnerista hacia un perfil de confrontación permanente con todos aquellos que cuestionaran sus medidas de gobierno o su modelo de gestión (ni que decir de sus actos de corrupción), terminó transformándose en su contrapunto ideal. Luego de 12 años vertiginosos, la polarización se dio entre el dedo acusatorio y el globo. Ganó el globo.

El primer éxito de esta operación fue lograr que todos se subieran a esa polarización. No les resultó difícil. Así todos terminaron trabajando para ellos. En primer lugar, el kirchnerismo con su extenso dispositivo comunicacional, aunque con la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner en un rol central. En segundo lugar, los opositores al gobierno kirchnerista pero también al macrismo, que terminaron suscribiendo el falso postulado de esa operación: que la confrontación, la intolerancia y el autoritarismo era solo patrimonio del kirchnerismo; que había un lado donde estaban los malos (los K) y otro donde estaban los buenos (todos “nosotros”).

Luego de 12 años vertiginosos, la polarización se dio entre el dedo acusatorio y el globo. Ganó el globo. Seamos claros: el globo no fue inocuo, no fue un elemento ingenuo pensado por niños bien que detestan la política (pese a que actúan y viven de ella). Al contrario. El globo fue un arma poderosa -letal- para confrontar eficazmente con el “vamos por todo” con que Cristina Kirchner inauguró su segunda presidencia.


Seamos claros: el globo no fue inocuo, no fue un elemento ingenuo pensado por niños bien que detestan la política (pese a que actúan y viven de ella). Al contrario. El globo fue un arma poderosa -letal- para confrontar eficazmente con el “vamos por todo” con que Cristina Kirchner inauguró su segunda presidencia. Y su eficacia fue que dejó en el otro la confrontación. Ante una agresión, un globo. Como cuando a Jesús le pegaron una cachetada y él en vez de devolverla, le ofreció a su agresor la otra mejilla. El globo fue la otra mejilla.

El discurso de asunción de Mauricio Macri funcionó como postulado consagratorio de esa operación y, al mismo tiempo, como una barrera de contención a las demandas que seguramente sobrevendrán ante las promesas de campaña que el gobierno ya en ejercicio no podrá cumplir, si no quiere que le explote todo por los aires.

La convocatoria al diálogo, complementada con las reuniones que en estos días está teniendo el presidente con quienes compitieron con él en la elección, apunta en la misma dirección. La prioridad es la unión de todos los argentinos porque sin unión no vamos a poder sacar el país adelante. Yo estoy al mando, pero dialoguemos y acordemos. No importa cuántas efectividades conducentes salgan de todo eso, lo que importa es la puesta en escena, la vocación.

Por su parte, las ambiciosas metas de “Hambre Cero” y acabar con el narcotráfico, ampliamente compartidas, son de tan difícil realización que terminan funcionando como una forma de quitar presión a la necesidad de mostrar resultados de gestión en lo inmediato y, también, suavizan los efectos insurgentes que podrían generar las medidas económicas que ellos entienden que necesariamente se deben tomar para enderezar el rumbo, cuyo rasgo común es la afectación del poder adquisitivo de los trabajadores formales y, sobre todo, precarizados. Si queremos lograr esas metas, tenemos que hacer algunos sacrificios, nos dirán. Es probable que les funcione. Porque todos preferimos el baile del balcón antes que el dedo acusador.

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