La Heidipolitik

La Realpolitik («política de la realidad» en alemán) es un término acuñado por el líder prusiano Otto von Bismarck que se utiliza para designar la política basada en intereses prácticos y necesidades concretas, por sobre principios teóricos o morales.

La Heidipolitik es su contracara: no tiene como objetivo resolver necesidades concretas o mediar entre los conflictos de intereses de una sociedad sino que busca enunciar principios tan absolutos como vaporosos.

Para un entusiasta de la Heidipolitik no alcanza con respetar la Constitución y las leyes, sino que lo fundamental son los buenos modales, las intenciones angelicales y los modos respetuosos en la gestión de gobierno. Este estricto manual de procedimientos tiene la particularidad de no haber sido respetado por ningún gobierno de la historia, al menos desde los tiempos del rey Hammurabi y su berretín por las leyes escritas.

Hay que dialogar, respetar al otro, apoyar la decencia y denunciar la soberbia, la ambición e incluso el ansia de poder. El poder es, para los parámetros de la Heidipolitik, algo siniestro a evitar. En ese sentido, la renuncia o la imposibilidad de hacer suelen ser vistas como virtudes.

Según esta extraña doctrina, no cuentan los resultados sino las formas. Un gobernante soberbio que lograra disminuir el desempleo y aumentar los ingresos de las mayorías sería una calamidad mientras que uno humilde, que cada mañana le diera de comer a las palomas y saludara con cortesía a sus vecinos, sería una bendición, aún si dejara un país empobrecido.

Para la Heidipolitik lo relevante en un gobernante es su virtud personal, no sus iniciativas políticas. Los consumos domésticos fastuosos o, al contrario, monacales, tienen mayor importancia que los aciertos o errores en su gestión de gobierno.

Una ley que generara algún tipo de crispación, saliendo del paraíso de algodones soñado por la Heidipolitik, sería por lo tanto una mala ley, más allá de sus resultados.

Lo asombroso es que el entusiasta de la Heidipolitik no pide anular, por ejemplo, el sufragio universal, el voto femenino, el aguinaldo, el Juicio a las Juntas, el divorcio o el matrimonio gay, iniciativas que generaron enfrentamientos violentos como esos que hoy exige eludir a toda costa.

Sin ir más lejos, la Corte Suprema de Justicia actual es el resultado del enfrentamiento del Poder Ejecutivo con la anterior, enfrentamiento denunciado por muchos que hoy la apoyan con entusiasmo.

Ocurre que las confrontaciones pasadas son las virtudes actuales.

Desde hace doce años, gran parte de la oposición practica la Heidipolitik.

En una reciente entrevista, Ernesto Sanz explicó que, desde el Senado, “defendió los valores de la decencia”. Roy Cortina, el socialista menguante, también apoya “la política decente”. Una definición tan encomiable como vaporosa. ¿Qué político podría sostener que apoya la indecencia?

Sergio Massa, un notable escritor de sobrecitos de azúcar, nos alerta cada día sobre “la Argentina que viene”, en la que “se escuchará a la gente”, “no se creerá tener la verdad” y “se trabajará para todos y no sólo para algunos”.

Al multimarca UNEN (o lo que queda de ese espacio) la Heidipolitik le sirve para hacernos olvidar que el único común denominador entre sus integrantes es el antikirchnerismo. Entusiastas de la mano invisible del mercado y estatistas convencidos, chavistas enfervorizados y antichavistas obstinados se unen así a favor de un rosario de bellas intenciones que harían reír con sorna incluso al cándido Narosky.

El PRO, por su lado, tiene un discurso heidipolítico plagado de “diálogo y consenso”, “buena onda” y “vecinos que debemos escuchar” pero administra la CABA dejando ese manual de procedimientos de lado. Macri no dudó en vetar 120 leyes votadas incluso por sus propios legisladores, mientras que Horacito Rodriguez Larreta transforma cada iniciativa de gestión en comunicación personal y Cristian Ritondo consolida el sur de la ciudad con rosca política tradicional.

Ocurre que la Heidipolitik es un pasatiempo opositor. Así como asegura apoyo mediático y genera empatía con el electorado más indignado, condena a sus seguidores a -según esa misma doctrina- la mayor virtud ciudadana: el llano eterno.


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