MEDIO AMBIENTE

Crecen las huertas en medio de la Ciudad

Desde hace un tiempo, en muchos barrios los vecinos se juntan para armar huertas urbanas en distintos espacios de la Ciudad.


Escondidas en terrenos fiscales, baldíos, terrazas, techos o canteros, las huertas comunitarias comenzaron a multiplicarse de manera espontánea en cada barrio de la Ciudad desde hace 10 años. Según fuentes del programa Pro Huerta del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), hoy existen cerca de 2.000, informa La Nación.
 
Nahuel Caporal organiza desde hace un año "La Chacrita del Galpón", que se extiende en el predio vecino al tren Urquiza, en la estación Federico Lacroze, detrás de la Mutual Sentimiento. En un espacio alambrado de 50 metros de largo y seis de ancho, crecen tomates, zapallos, mentas, rúculas, rudas, ajenjos, acelgas, oréganos, quinuas, amarantos silvestres en canteros.
 
Son un grupo de 10 voluntarios, entre los que hay psicólogos, sociólogos, punks y amas de casa. "No importa de qué partido político seas, qué música escuches o a qué te dediques, con la huerta tenés un idioma en común con gente muy distinta", dice Nahuel a La Nación. Los voluntarios van todos los miércoles y sábados, son en su mayoría del barrio y aportan lo que pueden, desde hacer un flyer o sacar fotos hasta remover la tierra. Su ganancia material es llevarse verduras y semillas. Su ganancia simbólica, según dicen todos, es invaluable.
 
En Argentina, las huertas se adoptaron ante la crisis de los 90 a través del programa Pro Huerta del INTA, que repartió semillas y asistencia para que los sectores más vulnerables armaran huertas urbanas de autoconsumo y comercializaran el excedente. El programa ya lleva 24 años ininterrumpidos. Y desde hace una década, la huerta se volvió parte de una filosofía de vida para ciudadanos de clase media, que la toman como un lugar de encuentro y de terapia. Pero al no haber aún legislación que las regule, el Estado puede cerrarlas como ocurrió en 2009 con la Huerta Orgázmika de Caballito, que lindaba con las vías del ferrocarril Sarmiento y después de siete años terminó desalojada. En la actualidad corre peligro Velatropa, la ecoaldea de Ciudad Universitaria.
 
Velatropa nació sobre los cimientos de los pabellones de las facultades de Psicología y de Filosofía, dos moles que nunca se concretaron. En su lugar se acumulaba la basura, hasta que, en 2007, un grupo de estudiantes de Biología llevó adelante un plan para establecer allí su propia burbuja: primero limpiaron el predio, después construyeron casas con esa basura y barro compactados y, por último, plantaron cientos de árboles frutales, verduras y aromáticas. Once años después, cruzar el umbral de su entrada es como ingresar en otra dimensión, donde viven treinta jóvenes en comunidad, que van y vienen por temporadas, no tienen luz eléctrica ni agua de red y se hacen llamar aldeanos.
 
Las reglas dicen que hay que frecuentar el lugar durante un par de meses, ayudar en la tarea que sea necesaria y presentarse como candidato frente a una asamblea que se celebra un sábado al mes. "Vivir acá es un privilegio y un desafío, pero también es un quilombo, las relaciones humanas son muy complejas", dice a La Nación Sacha, uno de sus miembros.
 
Los aldeanos se alimentan de la huerta. “Es una de las pocas huertas urbanas que miden más de 25 metros cuadrados en la ciudad", explica Alejo Méndez, ingeniero agrónomo de 34 años, y agrega: "Hace tres años, los miembros de Velatropa tuvieron que resistir un desalojo con topadoras, y de esa crisis se nos ocurrió armar además el Vivero Comunitario de Ciudad Universitaria (VICCU)". Allí, casi un centenar de voluntarios se reúnen cada martes, jueves y sábado para generar semillas de los árboles nativos. El plan es consolidar el espacio como un bosque comestible silvestre.
 
En la Villa 20, un grupo de 20 mujeres, tienen huertas al lado de sus terrazas, el cultivo es al estilo andino, dentro de un rectángulo perimetrado. Repasan cómo se matan hormigas con el hongo de las naranjas en descomposición, deciden qué variedades van a sembrar al día, se reparten algunas bolsas de madera con semillas y sacan de un cajón los almácigos para poner manos a la obra. Esta huerta comunitaria orgánica, se estableció hace apenas cinco meses.
 
Empezaron con talleres de huerta hace un año y medio. Las armaban en unos cajones de madera. Llegaron a tener 14 canteros. El proyecto avanzó hasta que un día alguien del barrio les quemó uno sembrado con lavandas y citronelas. Se repusieron del ataque gracias a la permacultura: observaron a su alrededor y vieron un barranco lleno de malezas y bolsas de basura que podían aprovechar. Hoy en día, cada jueves, de las flamantes terrazas de cultivo se llevan pimientos, calabazas, rabanitos para consumir en sus casas y siembran habas, arvejas, y aromáticas: cedrón, melisa, romero, salvia.
 
"El cultivo lo diseñamos estratégicamente, combinando las hortalizas con las plantas aromáticas", explica a La Nación Clotilde, oriunda de Cochabamba. A las hierbas medicinales, que traen mucho excedente, las dejan secar y las embolsan para venderlas. "Todos podemos tener una huerta, no hay que saber tanto, más bien se trata de recuperar los saberes de nuestros antepasados agricultores”, continúa.
 
Para Carlos Briganti, plomero de 54 años, construyó una huerta en la terraza de su casa, en el barrio de Chacarita. En la azotea de 60 metros cuadrados tiene cientos de variedades que cosecha los 365 días del año: desde pepinos, albahacas y esponjas vegetales hasta tabaco y bananas. Hace seis años, cuando sus hijos se hicieron vegetarianos, googleó cómo se hacía una compostera y siguió por la huerta: eso lo llevó a rescatar objetos para reciclar. Cajones de verdura, tachos de pintura y cubiertas de auto serían las macetas. Hasta la propia tierra la encontró en la calle. Carlos cuenta su experiencia todos los sábados en los talleres gratuitos de huerta que da en su techo.
 
En Biarritz y Caracas, en el barrio de La Paternal, las vecinas armaron una huerta en el cantero de la vereda. Hay zapallos, morrones, borraja, radicheta, rúcula, plantas aromáticas y tomates. "Más allá de lo que cosechamos, la imponencia acá la da el encuentro que se generó entre vecinos", dice a La Nación Patricia Esperanza Bordenave, que armó hace cinco años "La huerta en la cuadra". Hoy, ya son 30 los vecinos que, en su tiempo libre, se ocupan de la huerta en su vereda, que a esta altura ya es de todos. Tanto que hace poco se constituyeron como Asociación Civil y planean, además, armar una biblioteca en la vereda y un ropero solidario.
  
Consejos para iniciar una huerta
 
Separar los residuos orgánicos e inorgánicos: colocar los orgánicos en una compostera.
 
Armarla en lugares donde dé la luz directa del sol.
 
Se puede hacer en maceteros de todo tipo como gomas de autos, potes de yogur, envases de cartón, cajones de verduras.
 
Empezar por un espacio pequeño, en un metro cuadrado de huerta se pueden producir hasta 20 kilos de comida.
 
Comenzar con cultivos fáciles como los rabanitos o el perejil, y seguir por los difíciles, como el tomate.
 
Guardar las semillas para poder seguir sembrando.
 
Regar según cómo lo pida cada planta, la tierra siempre debe estar algo húmeda.
 
Consultar los manuales de la FAO para controlar las plagas con remedios naturales.
 
Cultivar la paciencia.


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