La UCR hacia un ¿nuevo? bipartidismo

La UCR, el partido que con casi 120 años supo ser el más antiguo de Argentina, está sumido en una profunda crisis. Beatriz Sarlo, a quien nadie puede acusar de kirchnerista, dijo en una entrevista publicada ayer que “en marzo habrá un réquiem para el radicalismo” y diagnostica que “construir una alianza desde las municipalidades, prácticamente me parece una especie de suicidio político.”

La UCR, el partido que con casi 120 años supo ser el más antiguo de Argentina, está sumido en una profunda crisis. Beatriz Sarlo, a quien nadie puede acusar de kirchnerista, dijo en una entrevista publicada ayer que “en marzo habrá un réquiem para el radicalismo” y diagnostica que “construir una alianza desde las municipalidades, prácticamente me parece una especie de suicidio político.”

Recapitulemos. El radicalismo ingresó a la transición democrática con una posición aparentemente triunfante. Un candidato carismático y ajeno a la gris tradición estilística balbinista, que conectó con las demandas sociales de juicio y castigo a los criminales de la dictadura, derrotó en las urnas por primera vez desde 1945 al otrora invencible peronismo. Con él ingresaron al gobierno un núcleo de políticos fogueados y de intelectuales formados que esperaban desde hace años su oportunidad de participar en el estado, más una generación entera de jóvenes y esperanzados demócratas. Un siglo radical parecía comenzar.

Treinta y dos años después la UCR viene de dos mandatos presidenciales inconclusos y de una serie de derrotas electorales. Su capacidad de ganar elecciones nacionales parece ser muy limitada y ha perdido también, aparentemente, la habilidad de retener un número significativo de gobernaciones, que en Argentina tienen una importancia política crucial. No sólo eso sino que, como dice Sarlo, la UCR parece vivir una crisis identitaria, sin saber a ciencia cierta si representa el extremo izquierdo del centro político (o sea, un perfil más socialdemócrata) o el extremo izquierdo de la derecha liberal.

Es más que posible, por otra parte, que las predicciones catastrofistas sobre la muerte de la UCR sean exageradas. Como nos recuerda Andrés Malamud, Argentina es el “cementerio de los terceros partidos” y aquí “el peronismo y el radicalismo siguen siendo los patovicas en la puerta de la política nacional”. El radicalismo sigue siendo la segunda fuerza legislativa, tiene un buen número de intendentes y es el único partido, además del peronismo, que tiene implantación territorial en todo el país; sin esto último, llegar a ganar una elección nacional es simplemente imposible. Más aún, desde 1990 hasta hoy se da el curioso fenómeno del “apogeo y muerte de los terceros partidos” que tan bien describe la nota citada.

Con Malamud, afirmamos que el bipartidismo argentino no ha muerto. Pero también hay que señalar que el bipartidismo argentino parece haber mutado porque en él ya no se enfrentan peronismo y radicalismo sino el peronismo frente un archipiélago de conformación variable que incluye la UCR “institucional”, fuerzas personalistas encabezadas por ex radicales, desprendimientos del peronismo, los perennes Rodríguez Saá y, en el último tiempo, al PRO.

Las alianzas electorales varían según los ciclos, pero el carácter fluido de este campo no.

Es cierto, la UCR sigue siendo el patovica que, en gran medida, define quien de la oposición “entra” al nivel nacional y quien no gracias a su estructura, pero el dato innegable es que la UCR define quien entra, pero el público paga la entrada para ver a otro.

El punto de quiebre de la relación de la UCR con sus votantes parece haber sido 1995, cuando una parte importante de sus bases fugaron hacia el FREPASO y nunca volvieron, ni siquiera luego de que éste dejara de existir. Desde ese momento la UCR debió recurrir a una alianza para ganar en 1999. En el 2003 presentó a un candidato radical “puro” y obtuvo poco más del 2%. Luego, presentó un candidato extrapartidario de extracción peronista a la presidencia en 2007. En el 2011 eligió a un candidato de prosapia radical, Ricardo Alfonsín, pero-incomprensiblemente para sus propios votantes-eligió a Francisco de Narváez para el crítico puesto de candidato a gobernador de la PBA. (Con lo cual, el socialista Hermes Binner resultó segundo a nivel nacional aún sin el aporte de la UCR, poniendo en cuestión el verdadero “arrastre” de la estructura radical.) Hoy la UCR discute si irá aliada con Mauricio Macri o con Sergio Massa, es decir, más allá de los nombres se mantiene el patrón de confluir en alianzas electorales.

No hay nada de malo ser un partido que se presenta a elecciones aliado con otros; no hay nada de malo en tomar el papel de “socio ideológico” de una coalición negociando el apoyo a ciertas líneas progresistas a cambio de apoyo electoral. La UCR podría asumirse de esta manera, concentrarse en la labor legislativa y en ganar gobernaciones e intendencias.

La paradoja de la situación actual, sin embargo, es que el otro dato novedoso que puede cambiar este bipartidismo actual es que el PRO no es el FREPASO y demuestra pretensiones de transformarse en un partido establecido a nivel nacinoal.  A juzgar por el férreo control que el PRO estableció sobre su mayoría en la legislatura de la CABA es posible inferir que, de ganar, Macri no delegaría simplemente la gestión legislativa en la UCR; tampoco parece muy factible que Macri, que gestiona con un núcleo pequeño de allegados de mucha confianza, entregue a  la UCR áreas importantes de su gabinete. Y los gobernadores peronistas sin duda negociarían (o no) directamente con Macri.

Las alternativas son dos: o una alianza con Macri significa que la UCR se asume definitivamente como un partido que formará parte de una coalición de manera permanente o esta alianza es (como las  que se hicieron con Lavagna y De Narváez) un movimiento táctico que permite defender territorios, ganar cargos legislativos y, sobre todo, algunas gobernaciones, y continuar esperando que surja el esperado candidato radical que pueda, otra vez, sumar control interno del partido con intención de voto. La ambivalencia radical hacia sus aliados y su incapacidad para mantener alianzas en los meses siguientes a una elección (o menos: Alfonsín y De Narváez daban la sensación de no haber hablado ni tres veces en toda la campaña)  hacen sospechar que es lo segundo.

Lo paradójico es que, de ser así, a la UCR tal vez le convendría que a Mauricio Macri le vaya bien pero no tanto; es decir, que logre un buen resultado en primera ronda pero que no llegue a ser el próximo presidente. No puede afirmarse que este sea el razonamiento detrás de la movida radical, pero sin duda es posible.


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