Ricardo Forster: En la Ciudad, "probablemente hagamos una elección por encima de lo que están planteando las encuestas"

Por Sebastián De Toma
Ricardo Forster es un doctor en filosofía y ensayista. Es investigador y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y de la Facultad Libre de Rosario.
En 2008 creó, junto a Nicolás Casullo, Horacio Verbitsky, Jaime Sorín y otros, el Espacio Carta Abierta.
Hoy es cuarto precandidato a diputado por la Ciudad en la lista del Frente para la Victoria, detrás de Juan Cabandié, Liliana Mazure y Carlos Heller.
A él le realizamos una entrevista en la que habló de cómo ve las PASO del domingo como las elecciones de octubre, cómo lleva adelante el doble rol de militante e intelectual, de cómo veía la realidad en 2003, de Carrió y, en último lugar, de la experiencia universitaria argentina, haciendo énfasis en estos últimos años.
¿Cómo ves la elección del domingo? ¿Cómo crees que les va a ir respecto a Carrió y a los candidatos del PRO?
Mirá, el Frente Para la Victoria arranca con un piso muy bueno. Si lo tomamos en relación a las legislativas de 2009 estamos claramente en más del doble de lo que fueron las elecciones de ese año. Y la percepción que tenemos, hemos recorrido todos los barrios y caminado inmensamente Buenos Aires, es que hay una recepción más que interesante. Algo para remarcar es que no hay hostilidad, sino más bien lo contrario. Uno percibe que probablemente hagamos una elección incluso por encima de lo que están planteando las encuestas.
¿Te parece que en octubre van a alcanzar la cantidad de votos para entrar al Congreso?
Sin dudas. Porque yo creo que si en las PASO estamos más o menos en esto que te estoy planteando, eso significa que en octubre vamos a estar por arriba. Creo que tanto Daniel Filmus como primer senador, y yo como cuarto diputado, vamos a entrar. Incluso se puede esperar alguna sorpresa de cara a octubre, pero bueno, vamos a esperar un poquito.
En referencia al Congreso, ¿tienen o vos tenés pensado algún proyecto en particular?
No, todavía sería prematuro. Primero porque la decisión de ser parte de la lista fue bastante sobre el cierre, fue un pedido muy especial. Tengo por supuesto inclinaciones, inquietudes, preocupaciones que están ahí, pero que requieren después un trabajo más concreto para definir proyectos de ley. Pero no te quepa la menor duda que voy a tener una actividad intensa en el Congreso.
Mencionaste un pedido muy especial para integrar la lista, ¿quién te lo pidió?
Quienes hoy están dirigiendo el país.
¿Cómo manejás la relación entre el rol del intelectual, que algunos consideran que debería ser crítico y alejado del poder, con el rol del militante?  
Mirá, no hay una definición de intelectual que pueda ser considerada infalible, verdadera e incontrastable. Desde Voltaire hasta John William Cooke el camino de los intelectuales ha sido muy diverso, y hubo momentos en que la crítica es muy dura respecto al poder de turno y otros momentos en que la realidad histórica aproxima al intelectual con un proyecto de gobierno.
Es el caso de mi experiencia en este momento: yo siento que lo que está sucediendo en la Argentina me interpela, me convoca y me comprometo con lo que está precisamente aconteciendo. Entonces no veo contradicciones con seguir teniendo un trabajo, que en los hecho lo sigo haciendo. Lo he intentado y lo he logrado en estos cuatro o cinco años, seguir publicando y seguir escribiendo en relación a lo que ha sido siempre mi escritura más ensayístico- filosófica.
Y en los hechos, cada vez que he publicado un libro más político, he publicado junto con ese libro uno de ensayos filosóficos. Por ejemplo este año publique La Anomalía Kirchnerista y un libro sobre Nicolás Casullo. Hace un par de años El Litigio por la Democracia y otro libro que se llama La Muerte del Héroe, y así podríamos seguir.
Yo creo que son puentes que se comunican, flujos intelectual-afectivos que están uno y otro vinculados. Yo no siento contradicción y no lo he dejado de señalar cuando lo creí oportuno, tanto individual como a partir de la experiencia de Carta Abierta, miradas críticas respecto a situaciones que nos parecía que había que señalar. Por lo tanto no veo contradicciones.
Respecto a lo que decís, ¿te imaginabas en 2003 que diez años después ibas a estar en éste papel?
No, en absoluto. Primero porque en aquellos años incluso nuestra mirada de la Argentina era una mirada muy crítica de la escena que veíamos, con una mezcla no de desencanto, porque en realidad no veníamos de ningún encanto. Desde mediados de los `80 que empezamos a recorrer un camino en común con Nicolás Casullo, de reflexión crítica: teníamos una mirada muy pesimista, no sólo sobre la Argentina sino sobre lo que estaba sucediendo a nivel civilizatorio.
Por lo tanto en el 2003, salvando algunas señales que tenían que ver con lo que estaba sucediendo en las calles y en los movimientos sociales, no veíamos que pudiéramos ser convocados o interpelados por una novedad que estaba allí para decir “bueno, algo efectivamente sorprendente está sucediendo en la Argentina”. Por eso yo hablo de excepcionalidad, de anomalía, de imprevisto, de azar cuando pienso en la irrupción de Néstor Kirchner y lo que generó como giro, como clivaje, como ruptura de una historia argentina que parecía más bien asociada a la reproducción de su decadencia y de sus frustraciones que a la novedad.
Entonces, si vos me hubieras preguntado qué pensaba yo el 24 de mayo de 2003 de lo que iba a venir, seguramente no hubiera acertado en lo más mínimo con lo que efectivamente sucedió.
Volviendo al tema de las elecciones, ¿te parece que ha habido algún cambio en cuanto a la oposición desde la última elección del 2011 hasta estos días?
Yo creo que, en realidad, uno dice “la oposición” y ahí adentro hay distintos registros. Creo que no ha habido un salto cualitativo de la oposición para ofrecerle a la sociedad un proyecto alternativo de país, de gobierno. Más bien se ha dejado capturar por una agenda que no le es propia, que es la agenda mediática. Es, más bien, un tipo de retórica ligada a las grandes frases espectaculares, todo asociado, entre comillas, al tema de la corrupción. Entonces creo que la oposición, salvando algunos casos aislados, más bien reproduce un tipo de discurso que intenta señalar una Argentina en negro, un estado de catástrofe o algo por el estilo, que por supuesto no se corresponde en absoluto con la realidad del país, y eso creo que termina de empobrecer el diálogo posible, el debate.
Hay una naturalización también de ese discurso que llama la atención, incluso muchos periodistas o medios lo tienen. Yo ayer, en un programa de televisión, no dejaba de sorprenderme. En el  programa de Maxi Montenegro (del día lunes 5/8, va por Canal 26), él iba haciendo toda la reconstrucción antes de hacerme la entrevista, del affaire este de Massa y el robo. Y lo iba haciendo de una manera tan sesgada, tan calculada para hacerle daño al Gobierno, que cuando me tocó hablar me preguntó qué pensaba yo del caso Massa. Lo primero que le dije era que su visión era absolutamente parcial, sesgada, que no se correspondía en absoluto con una mirada que intentaba pensar con un sentido un poquito no neutral y objetivo, no se trata de eso, pero con una mirada un poquito más crítica como periodista, y él estaba sorprendido que yo le dijera eso porque ni siquiera se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Casi como si fuera un plano de ingenuidad que no existe, por supuesto. Bueno, eso me parece que es algo que la oposición ha terminado por construir como modelo de interpretación de la realidad, y la verdad es que es muy flaco, muy pobre. Es algo poco productivo, me parece.
Por eso Carrió es la que crece en UNEN, porque es la que ha comprendido que puede crecer si logra expresar el voto-odio, el voto-resentido, el voto brutalmente antikirchnerista de una fracción de la sociedad porteña y no tiene problema en incendiar el resto de la alianza si a ella le sirve personalmente. Bueno, hay que escuchar a Carrió y uno va a escuchar un discurso que es visceralmente anti democrático, porque al otro lo transforma en un delincuente o en alguien impresentable, incluso a sus propios compañeros. En sus momentos de retórica más efusiva y más sacada los tacha de pobrecitos, de leguleyos, de cómplices de la mafia. Ahí no hay política, no hay debate democrático. Hay otra cosa.
¿Qué crees que ocurre ahora, que los números le dan diferente a Carrió a 2011, cuando logró un porcentaje muy bajo?  
A ver, en 2011 era una elección presidencial. Carrió puede aparecer para un sector de la sociedad como una especie de profetiza del apocalipsis, entonces se divierte este sector votándola porque se ve en el espejo. Es un discurso, diría Levi-Strauss, de lo crudo. Habla desde lo real, lacanianamente dicho. Hay un sector de la sociedad que se siente muy identificado con esos exabruptos, con ese discurso de decir “yo soy la única fiscal de la patria, yo soy la única que va contra las mafias”, etc., etc. Bueno, hay una porción del electorado que podrá orillar entre el  15 , 20 por ciento que se siente representada desde una lógica en parte cualunquista, en términos de lo que era la vieja ideología política del post fascismo italiano, que era muy crítica de cualquier referencia política porque se la asociaba siempre a lo delincuencial, al robo.
Carrió, cuando se disputan las legislativas, emerge de nuevo como expresión de este sector que augura el apocalipsis. Después se diluye porque no puede construir fuerza política con esto, no puede construir organización. Alrededor suyo todos quedan dañados y, cuando no les sirve, se van por cansancio como le ha sucedido con Adrián Pérez o con Prat Gay, y en su momento con Ocaña. Digo, la gente que crece un ratito con Carrió después siente una lápida encima de ella. No se hace política sino que se hace la construcción de un ego grande que va creciendo e incluso sobrepasa el ego de Solanas, que me da una cierta tristeza porque Solanas frente a Carrió ha quedado en un estado de espera, como quien espera para que lo habiliten, ¿no?
Te cambio de tema. En estos últimos años se ha dado un fenómeno interesante respecto a las nuevas universidades nacionales, ¿qué cambios ves en estos últimos años teniendo en cuenta que, por ejemplo, la matrícula de la Universidad de Buenos Aires se redujo bastante en la mayoría de sus carreras?    
Por un lado, creo que es notable ver de qué modo hoy se ha recompuesto algo que tardó 50 años en volver a suceder en la Argentina. Casi que la primera generación de una familia vuelve a la universidad o empieza la universidad, ¿no? Esto se ve sobre todo en el Gran Buenos Aires, no sólo en las nueve universidades que se han creado en estos años, sino en las que ya existían como General Sarmiento, Quilmes, etcétera, que muestran que de vuelta hay ahí algo muy interesante que está sucediendo.
Yo reivindico la experiencia universitaria argentina, que es casi única en el mundo, porque son universidades masivas, gratuitas, sin restricciones para los ingresos. Porque uno compara otras universidades, ¿no? Las brasileñas, que tienen exámenes complicadísimos, con una selección terrible, sangrienta, entran pocos. Entonces claro, entre los que entran y los que egresan los números siempre cierran, el nivel de los estudiantes suele ser alto. Si uno hiciese lo mismo en las universidades públicas argentinas, no me cabe la menor duda que estaríamos entre las primeras veinte o treinta universidades del mundo en términos de relación ingreso-egreso y de formación. Pero claro, nosotros tenemos universidades como la UBA que hoy tiene tanto o más alumnos que la UNAM de México, y que entonces hay que leerla desde un lugar diferente al de esos tests donde te colocan a una universidad en función de vaya a saber qué circunstancias y que no toman en cuenta lo que implica en términos sociales, culturales.
La participación en la universidad de sectores sociales que no tendrían oportunidad de estar en universidades y que lo hacen sin tener que pagar, y sin esas tachaduras de ingreso que son durísimas en la mayoría de los países del mundo, por no contar el caso chileno que simplemente ingresar a la universidad implica tener el dinero suficiente para hacerlo. Entonces creo que hay que reivindicar la historia de la universidad pública en la Argentina porque sigue siendo muy valiosa, más allá de sus deficiencias, sus problemas, sus tensiones propias de una universidad, insisto, masiva.


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