OPINIÓN

El Plan Burundi

Al parecer, así como el extinto Belgrano, el Plan Australia ha mutado en un nuevo proyecto, aún más ambicioso que el anterior: el Plan Burundi. El objetivo es llegar a ser Australia con los sueldos, la presión fiscal, el consumo, las regulaciones y la inversión en investigación del país africano.

Sebastián Fernández

Uno de los pilares de la campaña electoral de Mauricio Macri fue el Plan Belgrano, un ambicioso proyecto de obra pública cuyo objetivo era equiparar la infraestructura del norte argentino con la de las zonas más desarrolladas del país. La lista de obras era casi infinita: aeropuertos, ferrocarriles, rutas, centrales eléctricas y líneas de alta tensión. Todo estuvo planificado, salvo la financiación.

Del Plan Belgrano hoy no queda más que una página web y la rendición mensual de gastos de café, toner y papel para impresora de José Cano, ministro nominalmente a cargo del proyecto fantasma.

Sobre las cenizas del Belgrano, llegó el Plan Australia, un proyecto mucho más ambicioso ya que no se limitaba a una zona en particular sino que buscaba el desarrollo de todo el país. La idea responde a una vieja letanía de nuestra derecha: soñar con ser el país virtuoso “de moda” en el momento, pero sin querer implementar las iniciativas que podrían hacer posible ese noble objetivo. Nuestra derecha siente una gran admiración hacia Francia, sueña con sus trenes, sus museos, sus rutas, pero se opone con pasión a cualquier intento de equiparar nuestra presión fiscal o nuestras regulaciones estatales con las que existen en aquel país y hacen posible esos resultados tan aplaudidos. Admira el cine francés -inviable sin las regulaciones y subsidios que lo protegen- con la misma pasión que aborrece los créditos del INCAA.

Como señala el sociólogo Daniel Schteingart, “hoy tenemos el mismo PBI per cápita que Australia hace 50 años, pero la mitad de los investigadores”. Schteingart explica que “en los países desarrollados, se supera en promedio los 4 mil investigadores por millón de habitantes. Argentina se ubica bien posicionada en América Latina, con 1202 investigadores por millón de habitantes, muy por encima de Brasil (en torno a los 700), Uruguay (504), Chile (428) y México (322). Sin embargo, todavía está muy lejos del grueso de los países desarrollados (…) El Conicet redujo casi 60 por ciento el ingreso a la carrera de investigador. El dato es sumamente preocupante, habida cuenta del rol crucial de la ciencia y tecnología en los procesos de desarrollo.” 

Sin embargo, el nuevo presidente del Conicet, Alejandro Ceccatto, afrimó que “en un país que reconoce tener un 30% de pobres, debemos entender que estamos hablando no de un recorte sino de crecer a tasas menores de las que veníamos creciendo, que eran anormales para cualquier sistema científico del mundo”. Puede resultar asombroso que el titular de un organismo de investigación considere que tiene demasiados investigadores a su cargo en lugar de reclamar más presupuesto, pero lo más asombroso es pensar que de la pobreza se saldría invirtiendo menos en investigación. Así, cuando no tengamos un solo investigador tal vez logremos alcanzar el actual PBI per cápita de Australia. Claro que no lo sabremos ya que no tendremos investigadores para medirlo.

Al parecer, así como el extinto Belgrano, el Plan Australia ha mutado en un nuevo proyecto, aún más ambicioso que el anterior: el Plan Burundi. El objetivo es llegar a ser Australia con los sueldos, las leyes laborales, la presión fiscal, el consumo, las regulaciones estatales y la inversión en investigación del país africano.

Los primeros esbozos del futuro plan fueron lanzados con honestidad por el economista González Fraga y luego retomados por la vicepresidente Michetti: “se le (hizo) creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal”. Otros ecos del plan nos llegaron a través de periodistas serios como Lanata y Montenegro para quienes la Argentina sería un país demasiado pobre como para aceptar en sus universidades públicas a estudiantes extranjeros, como hacen los países desarrollados.

Tal vez, ahora discutamos sobre la imposibilidad de mantener, con 30% de pobres, la educación gratuita o incluso la salud, así como en los ´90 éramos demasiado carenciados como para mantener un sistema de transporte popular como el ferrocarril.

Demasiados jubilados, demasiados empleados, demasiadas universidades, demasiados investigadores, demasiados feriados, demasiados aires acondicionados. La pesada herencia kirchnerista nos hizo creer que hacia los países desarrollados se iba con las herramientas aplicadas por esos mismos países.

¿Algo te suena incongruente? Olvídate, como afirma el filósofo presidencial Alejandro Rozitchner "hay que terminar con el pensamiento crítico y reemplazarlo por entusiasmo". El Plan Burundi llega para aclarar estos terribles malentendidos.  

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