- Política
- 09.07.2026
Tras la vigilia en Tucumán, Milei participó del Tedeum y García Cuerva llamó a dejar atrás los agravios
El presidente encabezó el tradicional oficio religioso por el 9 de Julio en la Catedral Metropolitana, luego de los actos centrales en la Casa Histórica de Tucumán. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, pronunció una homilía en la que pidió poner fin a las descalificaciones, reclamó honestidad en la gestión pública y advirtió contra la corrupción.
La agenda oficial por el Día de la Independencia tuvo su segundo capítulo en la ciudad de Buenos Aires, donde el presidente Javier Milei asistió al tradicional Tedeum del 9 de Julio en la Catedral Metropolitana. El mandatario llegó al templo luego de haber encabezado durante la madrugada los actos conmemorativos en la Casa Histórica de Tucumán, que reunieron a trece gobernadores y dos vicegobernadores en una notable postal institucional.
Milei recorrió a pie los pocos metros que separan la Casa Rosada de la Catedral, escoltado por el flamante jefe de Gabinete, Diego Santilli, y acompañado por la plana mayor de su gabinete. Entre los funcionarios presentes se encontraban la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei; el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri; la senadora Patricia Bullrich; el asesor Santiago Caputo; y el canciller Pablo Quirno, entre otros. Como ya había ocurrido en otras ocasiones, la vicepresidenta Victoria Villarruel no formó parte de la comitiva.
El oficio religioso estuvo a cargo del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, quien desde el púlpito desplegó un mensaje de fuerte contenido político y social. En su homilía, el prelado convocó a "terminar con los agravios, las descalificaciones al otro y la mezquindad política", y reclamó poner fin a lo que describió como "la crueldad" en el trato hacia quienes piensan distinto. "Pidamos juntos a Dios que nos independice de la indiferencia y la insensibilidad frente a los que sufren", expresó García Cuerva, en una clara referencia a los sectores más vulnerables.
El arzobispo construyó su discurso sobre la parábola del buen samaritano, aquel relato bíblico en el que un viajero es asaltado y abandonado herido en el camino, mientras otros pasan de largo sin brindarle auxilio. A partir de esa imagen, García Cuerva alertó sobre los "caminos peligrosos" que la sociedad argentina transita y denunció a quienes "aprovechan para dividirnos, para enfrentarnos, robándonos las esperanzas de salir juntos adelante, escondidos, en todas las épocas, en cuevas de corrupción". En uno de los pasajes más duros de su alocución, sostuvo que esos sectores hacen "que los pobres sean cada vez más pobres, y ellos, escandalosamente, cada vez más ricos".
El mensaje del arzobispo también apuntó a la dirigencia política en su conjunto, sin señalar partidos ni gobiernos de turno. "No es cuestión de tal o cual partido político o gobierno de turno, sino de ser honestos", afirmó García Cuerva, quien reclamó "transparencia" y cuestionó a "los ladrones". En esa línea, pidió "dejar de descalificar al otro, sea del partido que sea", y abogó por reconstruir el país "desde el diálogo".
El cierre de la homilía tuvo un tono esperanzador y un guiño al fervor popular que despierta la selección argentina. El arzobispo convocó a "caminar unidos hacia un desarrollo integral que tanto anhela nuestro pueblo" y a "construir puentes donde algunos quieren levantar muros". Luego citó las palabras que Lionel Messi publicó en sus redes sociales: "Demostramos una vez más que los argentinos, cuando luchamos juntos y unidos, somos capaces de conseguir lo que nos propongamos". "Sigamos con la camiseta puesta", arengó el prelado, y cerró con una afirmación que sintetizó el espíritu de su mensaje: "Argentina necesita de todos, porque nadie es descartable, todos somos importantes".
Tras la ceremonia, el presidente y su equipo retornaron a la Casa Rosada para encabezar la primera reunión de gabinete con Diego Santilli como ministro coordinador, cerrando así una jornada patria que combinó la solemnidad institucional en Tucumán con el tono crítico que, una vez más, marcó la palabra del arzobispo porteño en la Catedral Metropolitana.
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