Murió Taty Almeida. Una vida dedicada a la lucha por los Derechos Humanos

La histórica Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora falleció el 14 de junio a los 95 años. Su hijo Alejandro fue secuestrado en 1975 y esa tragedia personal la convirtió en un emblema de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. Creció en una familia de oficiales antiperonistas y, décadas después, diría que su hijo desaparecido “la parió” nuevamente.



Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, conocida en toda la Argentina como Taty Almeida, nació el 28 de junio de 1930 en el barrio de Belgrano, Buenos Aires, aunque su inscripción registral consignó por error el 4 de julio. Durante la primera mitad de su vida, vivió lo que ella misma describiría como una “burbuja”: una infancia feliz en Campo de los Andes, montando a caballo y jugando en la nieve, rodeada de los valores castrenses que definían su familia. Su padre era oficial de Caballería del Ejército, su hermano alcanzó el grado de coronel, y las esposas de sus hermanas eran oficiales de la Aeronáutica. Ese entorno la marcó como “gorila” y profundamente antiperonista, identidad que ella reconocía sin eufemismos.

La vida de Taty cambió radicalmente la noche del 17 de junio de 1975, durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón. Su hijo Alejandro, de 20 años, estudiante de primer año de Medicina en la Universidad de Buenos Aires y trabajador de la agencia Télam y del Instituto Geográfico Militar, salió de su casa con la frase “espérame, ya vengo” y nunca regresó. Fue secuestrado por la organización paramilitar peronista Triple A y permaneció desaparecido desde ese momento. Ese dolor inmenso derrumbó las certezas con las que había sido criada y transformó su búsqueda individual en una militancia colectiva.

En 1979, cuando ya había comprendido que no encontraría a Alejandro después de finalizar la dictadura, Taty se acercó a la Plaza de Mayo y se incorporó a las Madres de Plaza de Mayo. En 1986, cuando la organización se dividió, pasó a la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, donde permaneció durante más de cuatro décadas hasta convertirse en su presidenta. Desde ese colectivo dio entrevistas, charlas y conferencias, asistiendo a eventos de diversa índole siempre en apoyo de causas relacionadas con los derechos humanos.

Taty Almeida no ocultaba su transformación política. En una entrevista con Perfil en 2006 recordó que Alejandro la llamaba “gorilita de mierda” escandalizado por su falta de formación política, y ella admitía: “Yo era gorila. Lo único que sabía de política era que me sentía antiperonista”. Años después encontraría la definición exacta de ese cambio: “Así como yo estoy feliz de haber parido a mis tres hijos, Alejandro me parió”. La mujer criada entre cuarteles se transformó en Madre de Plaza de Mayo, y el pañuelo blanco terminó siendo más fuerte que cualquier uniforme.

Su militancia se caracterizó por la honestidad brutal y el humor que la identificaban. En una entrevista con la revista del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, evocaba con alegría su niñez, adolescencia y juventud maravillosas, y recordaba a su padre como un hombre de fuerte sentido ético que rechazó obtener electricidad gratis mediante conexiones irregulares cuando era jefe del Regimiento 7° de Caballería en San Rafael. “Nunca pensé que iba a seguir ejerciendo como maestra: maestra de la vida, con un pañuelo blanco en la cabeza”, diría décadas después.

Taty Almeida fue reconocida con numerosos premios por su incansable lucha por la memoria, la verdad y la justicia. En 2011 la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la declararó Personalidad Destacada en el ámbito de los derechos humanos. En 2017 recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, y en 2018 obtuvo el Premio Alicia Oliveira por la promoción y tutela de los Derechos Humanos de la Defensoría del Pueblo de Buenos Aires. Entre sus distinciones también se incluyen el Premio Dignidad 2019 de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y múltiples reconocimientos como Visitante Ilustre en diversas ciudades y universidades del país. En 2015 fue instalado un retrato de ella en la exposición permanente del Museo de la Casa Rosada.

Alejandro Almeida militaba en el ERP-22 de Agosto y fue uno de los 2.000 detenidos desaparecidos antes del inicio del gobierno militar, víctima de la Triple A. Taty siempre afirmó haber desconocido el compromiso guerrillero de su hijo hasta que, buscando entre sus papeles, encontró una agenda que revelaba detalles de su militancia activa. En esa misma agenda halló 24 poemas que en 2008 publicó en forma de libro bajo el título “Alejandro, por siempre amor”. En 2010 se editó un CD donde esos poemas fueron recitados por actores y músicos como Alfredo Alcón, Arturo Bonín, Joan Manuel Serrat, Raúl Rizzo e Ismael Serrano.

La lucha de Taty Almeida también puso el foco en un hecho histórico fundamental: el terrorismo de Estado no comenzó en 1976 sino en un gobierno constitucional. Entre 1974 y 1975 hubo 2.000 detenidos desaparecidos y asesinados, y de los 600 centros clandestinos que функционaron durante la dictadura, tres ya operaban en 1975. “Hay que recordar y remarcar que ese horror del terrorismo desde el Estado no empieza en el ‘76 sino en un gobierno constitucional aunque, yo digo, no democrático”, señaló.

Taty Almeida falleció el 14 de junio de 2026 en Buenos Aires, a dos semanas de cumplir 96 años. La noticia fue confirmada por su familia y difundida por diversos medios de comunicación y organismos de derechos humanos, generando numerosas expresiones de pesar en el ámbito político, social y de derechos humanos. “No me quiero ir sin tocar sus huesos”, había dicho en referencia a Alejandro, el hijo que buscó hasta el final de su vida. Su desaparición forzada transformó para siempre la vida de su madre, convirtiéndola en un emblema de la memoria y la búsqueda ininterrumpida por el derecho a la identidad. 

La histórica referente de los derechos humanos fue presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora durante más de 40 años. Integrante fundamental de esa organización, Taty transformó el dolor más profundo en una militancia colectiva y un faro de dignidad que atravesó generaciones. Su legado perdura en nombres como la “Placita de las Infancias Taty Almeida” del Campus Río Grande de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego y la “Terraza Taty Almeida” de la Escuela Normal Superior N.º 7 José María Torres en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

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