• 25.08.2016

OPINION

La intimidad auditada

Pareciera que, de a poco y sin darnos cuenta, aceptamos que auditar nuestra intimidad sea algo natural. Es paradójico porque, por otro lado, según un lugar común muy remanido, vivimos una época cada vez más individualista en la que, al parecer, buscamos cada vez más preservar ese espacio íntimo frente a un mundo que parece cada vez más hostil.

Sebastián Fernández
 En una de las primeras escenas de True Believer  de Joseph Ruben, James Wood, quien interpreta el rol de un abogado, defiende a un grupo de narcos capturados por la DEA en un procedimiento al borde de la legalidad. En su alegato explica que el narcotráfico es el mal absoluto y que, justamente por eso, la sociedad no debe aceptar que, además de muchas otras calamidades que genera esa actividad ilegal, se lleve puestas las garantías en las que se basa el sistema legal. Previsiblemente, los acusados son liberados.
 

Hace unos días se hizo público un audio en el que se escucha al director de teatro José María Muscari leyendo una carta durante el cumpleaños de Barbie Vélez, un festejo íntimo ocurrido a fines de junio. El tono de la misma es explícitamente jocoso y busca burlarse de Vélez por su terminada relación con Federico Bal, a quién trata de “gordo y judío”. Las risas que acompañan cada párrafo subrayan el tono de burla general. Su publicación, sin embargo, generó una indignación de esas que duran un tiempo que parece infinito hasta ser reemplazadas pocos días después por una nueva y aún mayor indignación. Varios colegas pidieron que Muscari presentara disculpas públicas – lo que efectivamente hizo- y, en medio de la promoción de las obras que está por estrenar como director, los actores tuvieron que “tomar posición” sobre el tema. Algunos programas de chimentos, generosos en cámaras ocultas y otros modos repulsivos de invasión de la intimidad ajena, se mostraron indignados con Muscari.

No deja de asombrarme que un comentario irónico expresado durante un festejo íntimo pueda ser juzgado como una declaración de principios y que se exija a su autor desmentirla. Sin duda eso se relaciona con la inmediatez que permiten las redes sociales y, sobre todo, con la falsa sensación de intimidad que nos generan. Si el episodio no hubiera sido grabado y sólo hubiéramos leído la carta que leyó Muscari en lugar de escucharlo leerla, la reacción hubiera sido sin duda diferente.

Pero lo más asombroso es que la indignación no haya ido hacia quienes publicaron un audio privado, es decir, a quienes violaron la intimidad de un grupo de amigos.

Pareciera que, de a poco y sin darnos cuenta, aceptamos que auditar nuestra intimidad sea algo natural. Es paradójico porque, por otro lado, según un lugar común muy remanido, vivimos una época cada vez más individualista en la que, al parecer, buscamos cada vez más preservar ese espacio íntimo frente a un mundo que parece cada vez más hostil. Un extraño individualismo que no impide que aceptemos un ojo externo en nuestra intimidad, que nos hace tolerar de buena gana que una agencia de seguridad privada nos filme caminando por la vereda o en nuestra propia casa, o una red social conozca nuestros gustos, nuestras preferencias o pueda guiar sus publicidades en base a lo que escribimos en textos supuestamente privados. Incluso desnudarnos en un aeropuerto se ha vuelto costumbre, frente a los riesgos de ese mundo exterior, cada vez más acechante.

La fantasía de la seguridad perfecta y su contraparte, la búsqueda de lo políticamente correcto, es decir, del discurso liso, desprovisto de la rugosidad de la ironía o el humor, exigen la parte del león de nuestra vida cotidiana. Así como cualquier empleado disfrazado de comando puede exigir nuestro DNI en la entrada de un edificio, también cualquier paparulo con un celular nos puede convertir en antisemitas por el simple hecho de grabarnos mientras nos reímos en el living de un amigo.

Así, vamos desprendiéndonos de nuestros derechos en pos de mantener otros (menos libertad por más seguridad es la letanía habitual), una manera eficaz de perderlos todos. Siguiendo los consejos del gran James Wood, no deberíamos aceptar perder nuestra libertad y nuestro humor en el altar de miedos más o menos imaginarios. Al fin y al cabo, ésta es la única vida que tenemos.  

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