ATENTADOS

Paris Mon Amour

Una reflexión a propósito de los ataques terroristas en París

Rafael Gentili
“He aquí el tiempo de los asesinos”
- Arthur Rimbaud “Mañana de embriaguez” (1871)



Futbol, música, tragos y conversación. ¿Los terroristas que atacaron diferentes puntos de París, el viernes pasado, atacaron algún símbolo o representación del Estado francés? ¿Atentaron contra su jefe de Estado o algún otro representante de su gobierno? No. ¿Atacaron las oficinas de un medio de prensa como Charlie Hebdo, por publicar algo que pudo llegar a resultarle ofensivo para su interpretación del Coran? No. Atacaron a personas que estaban disfrutando de un momento de ocio y diversión, en la noche de un viernes otoñal en Paris, una de las tres principales capitales culturales del mundo occidental. Estos dos datos (lo que estaban haciendo las víctimas y la ciudad elegida) son claves para entender los objetivos que persiguen los que pensaron, diseñaron y ejecutaron esta matanza que terminó con el saldo de 129 personas asesinadas y decenas de heridos.

Por eso este ataque no puede reducirse a una represalia por lo que el estado francés pudo haber hecho en Siria u algún otro país de Oriente medio, en estos años. Tampoco como una respuesta al despliegue colonialista y opresivo que las potencias occidentales suelen llevar a cabo en diferentes partes del mundo para defender sus intereses económicos y políticos estratégicos. Tampoco puede decirse que los objetivos se eligieron en función de la concentración de gente que podían reunir o porque eran objetivos fáciles.

Estos ataques son un cruento alegato contra nuestra forma de vida. Peor aún, contra nuestras prácticas del ocio y la diversión. Estado Islámico está llevando a cabo una guerra contra el mundo occidental, pero los blancos que elige para sus ataques no son la expresión de los defectos sino de las virtudes de occidente. Su legado cultural, o dicho más cándidamente, su estilo de vida.

No es casual que Francia, y particularmente París, sea el territorio elegido para perpetrar sus atentados más espectaculares. Como dijo el ex ministro socialista Jack Lang, “se trata de un ataque a nuestros valores. No solo los de Francia, sino los de todos los países que comparten la fe en la democracia, la tolerancia y el valor del ser humano. Se trata de una embestida contra los valores de la Ilustración del siglo XVIII, contrarios a su visión totalitaria del mundo. Atacan a todo Occidente, pero Francia es un país especialmente simbólico, no solo por nuestra firme participación militar en Siria, sino por ser el lugar de la Revolución de 1789 y del Siglo de las Luces”.

Me parece importante salir al cruce de aquellos que, desde un antiimperialismo infantil y un antisemitismo explícito, suelen relativizar la gravedad de estos hechos y traen a colación el sufrimiento del pueblo palestino ante los ataques del estado de Israel. ¡Cómo si Estado Islámico estuviera llevando a cabo esta guerra en defensa de los niños palestinos! Una patraña inconsistente con los hechos.

Señalo esto porque me parece importante salir al cruce de aquellos que, desde un antiimperialismo infantil y un antisemitismo explícito, suelen relativizar la gravedad de estos hechos y traen a colación el sufrimiento del pueblo palestino ante los ataques del estado de Israel. ¡Cómo si Estado Islámico estuviera llevando a cabo esta guerra en defensa de los niños palestinos! Una patraña inconsistente con los hechos. Defender el derecho de los palestinos a tener su propio Estado y el retiro del Estado de Israel de sus territorios y la existencia de Dos Estados, de ninguna manera nos puede llevar a siquiera esbozar una mínima justificación o comprensión de estos atentados terroristas. Dicho de otra manera, la lucha del pueblo palestino no puede usarse de excusa para luchar contra el judaísmo. Quien así lo hace no defiende al pueblo palestino, ataca a la nación judía.

Retaliación. Como ya lo estamos viendo, la consecuencia inmediata -y lógica- de estos ataques terroristas es la intensificación de la presencia militar francesa en Siria y el ataque incesante de los enclaves de Estado Islámico, con todos los riesgos que ellos implica. Así como una liberación de las potestades del estado francés para ejercer mayor control sobre su territorio y sobre las personas, en una clara limitación de las libertades individuales, tal como lo hicieron los Estados Unidos luego de los ataques del 11S, con discutible eficacia. Todas muy malas noticias para la libertad.

Resulta interesante rescatar lo que hace unos meses escribía el joven Yuval Noah Harari, profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en The Guardian (reproducido en el número de Julio2015 de la e-revista Letras Libres), en cuanto a que “quien recurre al terrorismo lo hace porque sabe que no puede entablar una guerra y opta por producir un espectáculo teatral. Los terroristas no piensan como generales del ejército sino como productores teatrales”. Por eso, “los que combaten el terrorismo deberían pensar más como productores teatrales y menos como generales del ejército. Si queremos luchar contra el terrorismo de manera efectiva debemos darnos cuenta de que nada de lo que hacen los terroristas nos derrota. Somos los únicos que podemos derrotarnos a nosotros mismos, si reaccionamos de modo excesivo y erróneo a las provocaciones terroristas”. El principal daño que infringe el terrorismo es a la legitimidad del Estado moderno: “el Estado ha creado un enorme espacio libre de violencia política. Este enorme espacio actúa como caja de resonancia y amplifica el impacto de cualquier ataque armado. (…) Para mitigar esos miedos, el Estado tiende a responder con su propio teatro de seguridad… se ve obligado a representar un drama opuesto e igualmente espectacular, con más fuego y humo todavía. En vez de actuar con calma y eficiencia, desata una gran tormenta, lo que cumple los sueños más felices de los terroristas”.

En esa misma dirección, el crítico cultural estadounidense David Rieff, luego de criticar la visión apocalíptica de ciertos intelectuales franceses, advierte que “hoy en día, el sector inferior de la clase media y los pobres en Francia tienen cada vez menos oportunidades y menos esperanzas. No hace falta decir que, en esta coyuntura histórica, los jóvenes de origen inmigrante son los que tienen menos esperanzas. Esto no significa que se estén convirtiendo masivamente en terroristas, ni que deseen instalar el califato en el Elíseo o convertir Notre Dame en una mezquita; ni siquiera llevar a cabo ninguna de las fantasías racistas de [Éric] Zemmour o [Michel] Houellebecq. Pero sí quiere decir que muchos de ellos son reacios a asumir los postulados que Francia enuncia abiertamente. Una élite política y cultural menos enamorada de sí misma gastaría menos tiempo lamentando la barbarie cultural y el retraso social de los jóvenes inmigrantes, se bajaría de su pedestal y dedicaría mucho más tiempo a pensar cómo transformar Francia: del tótem que es a una sociedad en la que los jóvenes crean tener una oportunidad”. Un simple e inteligente consejo.

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