El periodismo de púlpito

Así, la conjunción entre moralismo, pereza y voluntad de educar al lector en lugar de informarlo ha ido transformando a nuestras viejas glorias en profetas indignados.

Joe: Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Era usted grande.
Norma: Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas.¨

Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)
Como le sucede al personaje de Gloria Swanson, muchas de nuestras antiguas estrellas de los medios viven su propio presente con una gran frustración. Sienten que siguen siendo grandes pero que nadie lo nota. Y sueñan con volver a su época de oro.

Esa época de oro fue el menemismo. El periodismo, o al menos un cierto modo de ejercerlo, se consolidó durante ese período. El periodista dejó de ser un profesional que investiga o simplemente analiza la realidad para intentar hacerla comprensible a sus lectores, y se transformó en la extraña reserva moral de la ciudadanía. Su tarea no consistió más en analizar iniciativas del gobierno, por ejemplo, o hacer comprensibles políticas económicas y proyectos de ley, sino en calibrar la honestidad de nuestros gobernantes con una estricta vara moral y, sobre todo, educarnos al respecto.

Por eso ya no nos sorprende que las sospechas sobre corrupción de funcionarios ocupen una parte significativa de los programas que dicen ser políticos. De la misma forma que analizar la pista de Anillaco o las sospechosas valijas de Amira Yoma era más relevante que analizar la privatización de YPF o el abandono del sistema ferroviario, por ejemplo.

Tampoco nos asombra algo realmente insólito: que los periodistas se indignen. Hay algo de profeta bíblico en muchas de las diatribas que leemos cada día, de lucha entre el Bien y el Mal mezclada con lugares comunes de cola de verdulería.

Hace unos años, Lanata dijo sobre el gobierno kirchnerista: “hace una confusión de roles que, en algún punto, es muy perversa. Te deja en un lugar raro, donde tenés que estar explicando si sos, no sos, si fuiste, si vas a ser, cuando en realidad ellos no son nada de lo que dicen que son. Pero te dejan culpable a vos.

Lo más notable es la denuncia sobre que el gobierno no sería “lo que dice ser”. Una preocupación compartida por gran parte de los medios, como si lo que un gobierno opina de sí mismo tuviera una trascendencia especial o incluso mayor a la de sus propias iniciativas políticas y las consecuencias de estas.

Bajo esa mirada moralista un gobernante mediocre que confesara serlo sería más preciado que uno bueno que se vanagloriara exageradamente de ser excelente.

De esa mezcla de profeta bíblico y señora gorda surgen momentos desconcertantes, como la entrevista a un ex integrante de CQC, una de las grandes avanzadas del periodismo de púlpito, en la que afirma que sólo “le cree al 10% de los políticos”. Una opinión perezosa que, sin embargo, un diario considera importante publicar, transformándola en “información”.

En esa visión de adolescente tardío, el único poder “que transa” (para retomar una expresión del ex notero) es el político. El resto de los factores de poder, incluyendo a los empresarios de medios que los contratan, no parecen desilusionar a nuestros severos profetas del Bien.

Otro ejemplo para recordar es el del periodista Alfredo Leuco, quien consideró imperioso escribirle una carta abierta al Papa para explicarle que está mal recibir a CFK en visita oficial ya que el mismo Papa habría dicho que no recibiría a políticos argentinos antes de las próximas elecciones. Se trata de un texto penoso, escrito con falsa modestia y repleto de sospechas y denuncias vaporosas, que tiene más que ver con un berrinche que con una columna periodística.

En otro artículo, sobre las internas del PRO entre Michetti y Rodriguez Larreta, el periodista Pablo Sirvén criticó “el dedazo” de Macri a favor del actual Jefe de Gabinete, ya que eso no sería acorde con la nueva política pregonada por el partido macrista. La política, según los candorosos estándares de Sirvén, sería algo ajeno a cualquier otra práctica humana, sin presiones, luchas de poder o conflictos de interés. Una interna partidaria como un diálogo fructífero entre Heidi y Mi pequeño Pony.

Así, la conjunción entre moralismo, pereza y voluntad de educar al lector en lugar de informarlo ha ido transformando a nuestras viejas glorias en profetas indignados.


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