Los liberales declamativos

Uno de nuestros dramas, además de los animadores de fiestas infantiles y la pizza con palmitos, es la histórica falta de liberales.

Uno de nuestros dramas, además de los animadores de fiestas infantiles y la pizza con palmitos, es la histórica falta de liberales.

No que no haya en la Argentina gente que se declare liberal, como asombrosamente lo hace el golpista retirado Mariano Grondona o muchos de los empresarios que consolidaron su fortuna a la generosa sombra del Estado. Siempre hubo liberales declamativos, por llamarlos de alguna manera, pero nunca tuvimos liberales genuinos.

Es más, la elasticidad de nuestros liberales declamativos permitió -como en el caso del citado Mariano el Latinista- que pudieran apoyar golpes de Estado o elecciones fraudulentas sin renegar de su condición de tal. Un gobierno elegido por nadie que eliminaba de la noche a la mañana el conjunto de las libertades públicas les generaba, paradójicamente, una enorme sensación de libertad.

No es tampoco, como se suele explicar, que los nuestros sean sólo liberales en lo económico y conservadores en lo social. Al contrario, quienes se definen como liberales en Argentina suelen ser conservadores en lo económico y reaccionarios en lo social. Son, en rigor de verdad, anti Estado y no pro mercado. O, más precisamente, exigen que el Estado se limite a lo esencial: proteger a las empresas privadas de las inclemencias del mercado.

El liberal declamativo le teme más a un sindicato que a un cártel entre empresas, práctica que no sólo es delictiva sino que representa una estafa contra ese mercado perfecto que debería ser su norte.

Alguien podría argumentar que en la Argentina a nadie le importa el mercado perfecto. Es cierto: los conservadores lo eluden, la izquierda descree de sus encantos- salvo Hermes Binner, el Chauncey Gardiner del socialismo argentino que apoya la mano invisible del mercado- y la Comunidad Organizada peronista prefiere reemplazar esa mano invisible por la mano ineludible del Estado. Lo extraño es que tampoco lo defiendan quienes se dicen liberales.

Cuando la secretaria Maria Julia Alsogaray explicaba durante el gobierno de Menem que el rol del Estado era “garantizar las utilidades de las empresas privatizadas” ningún liberal denunció ese inadmisible intervencionismo estatal que alteraba el libre juego del mercado.

Nuestros liberales declamativos tampoco suelen exigir la eliminación del artículo 2 de nuestra Constitución que establece la obligación del Estado federal de sostener el culto católico, subsidiando con fondos públicos creencias privadas.

El liberal declamativo suele perder grados de libertad con entusiasmo como, por ejemplo, cuando apoya la instalación de cámaras de seguridad. La pérdida de libertad que implica ser observado en permanencia por un organismo del Estado o una empresa de seguridad con nombre marcial y empleados disfrazados de comandos pasa a segundo plano frente a la sensación de seguridad que recibe a cambio.

Por otro lado, que casi la mitad de la población carcelaria esté en prisión reventiva, es decir, sea inocente, tampoco lo enfurece. Es cierto que se trata en su inmensa mayoría de gente pobre y, como todos sabemos, controlar pobres es seguridad mientras que controlar ricos es persecución.

Un partido genuinamente liberal sería una gran oposición y un gran acicate a favor de las libertades individuales. Podría exigir, por ejemplo, la despenalización no sólo del consumo de estupefacientes sino también de su producción y alertaría sobre cada nuevo avance sobre nuestra vida privada con pretexto de aumentar nuestra seguridad, así como hubiera apoyado con pasión el matrimonio igualitario. Es probable que batallaría en contra del impuesto a las ganancias, como hacen tantos, pero estimularía también un severo impuesto a la herencia, como no hace ninguno.

Un partido genuinamente liberal lograría, sobre todo, el milagro de que dejemos de ver como liberales a tantos conservadores asustados que exigen del Estado que aumente su renta y los proteja de pobres, homosexuales, drogadictos, ateos y el resto de las calamidades a las que nos condena este mundo moderno.


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