ENSEÑANZAS DE HOGAR

Recuerdos de familia

Se puede ser buena persona y exitoso a la vez. Ser un garca no es requisito ineludible para trascender. A veces, no muchas, los buenos también ganan.

Mariano Heller
Volviendo de una conferencia y mientras despegaba el avión de regreso a Buenos Aires, en la República de Peronia, decidí escribir esta nota. La alternativa era hacer un balance del primer año de gestión de Cambiemos pero ya leí 1589 columnas al respecto y encima me voy a pelear con la mitad de mis amigos si la llego a escribir en este momento. Igual en breve me dedicaré a ese tema también.

Ahora bien, ¿Qué fue concretamente lo que me despertó la necesidad de escribir esta columna? Simplemente un gesto. Uno que hago cada vez que un avión despega y se empieza a elevar y cada vez que un avión toca tierra cuando aterriza. El gesto es básico, simple, nada rebuscado. Levanto ambos pulgares como diciendo está todo bien. Lo hago disimuladamente porque me da un poco de vergüenza que me miren el resto de los pasajeros.

Siempre critico a aquellos que putean a alguien por ser el hijo de. Que tus progenitores sean o hayan sido hijos de puta no te convierte a vos en lo mismo ni viceversa. Por ahí saliste una porquería teniendo dos padres maravillosos.



Está costumbre me la inculcó mi papá hace no menos de 35 años y me quedó completamente grabada. Es total y absolutamente imposible que no haga ese gesto en los despegues y aterrizajes. Los hago por supuesto sabiendo que carecen de ningún sentido práctico pero me juntan un ratito con mi viejo en donde quiera que esté. Papá era hijo de un abogado relativamente exitoso y tenía origen judío aunque nunca fue practicante. Sus antepasados era de la Rusia de los zares y llegaron a principios del siglo pasado a Argentina a ver que onda como tantos otros. La familia de mi mamá venía de Italia, el sur de Italia más precisamente, pero hicieron un previo paso por Uruguay antes de llegar a Peronia. Eran todos católicos. Se dio una de esas típicas mezclas que hicieron de Argentina un país tan diverso.

Papá estudió dos años de Arquitectura, mamá dos de Derecho. No estuvieron ni cerca de recibirse pero a pesar de ello ambos generaban en mi una admiración intelectual notable. Muy leídos, muy cultos (sobre todo mamá) me enseñaban todo el tiempo. La vida era un constante aprendizaje al lado de ellos. Yo fui hijo único de su matrimonio pero ambos venían de un matrimonio previo y ya tenía dos medio hermanos por parte de mi viejo. De este modo la vida era casi siempre de a tres porque a mis hermanos los veía un poco menos. Se pudieron casar oficialmente recién cuando se aprobó la ley de divorcio vincular tan combatida por la iglesia católica.

Cuando uno que es padre se da cuenta rápidamente de lo complicado que es. Toda esa perorata de que los chicos vienen sin manual, que uno no sabe qué hacer, que todo es medio desesperante, es bastante cierta. Lo cierto es que cuando ahora no sabemos qué hacer frente a alguna situación seguro que encontramos algún tutorial o vídeo de YouTube que un poco nos explica. En la época en que me criaron a mi todo eso no existía. Algún libro habría por ahí pero tampoco mucho más. A pesar de ello mis viejos se las arreglaron bastante bien. Creo.

A nuestros hijos hay que enseñarles lo que no enseñan en la escuela, hay que tratar de que sean buenas personas, buena gente, solidarios, comprometidos con lo que pasa alrededor. Es algo que escasea en Argentina.



Ambos murieron. Papá hace más de diez años, extremadamente joven, a los 65 años. Se lo morfó (creo que es la palabra que más se adapta a cómo fue) un cáncer de páncreas en un par de meses. Lo extraño todos los días, su impronta, su actitud y rectitud, pero sobre todo su voz. No lo tengo grabado en ninguna parte y tenía una voz grave muy particular que todo el mundo adoraba escuchar.

Mamá murió hace poco más de dos años. Tenía 75 y murió de vieja. Poseedora de una biblioteca gigante de libros que efectivamente había leído, también se fue demasiado temprano. La muerte de papá la liquidó de a poco pero aguantó casi diez más. Con ella tuve casi despedida. Nos fuimos de viaje mi mamá, mi hija y yo. Los tres juntos. Volvimos y a los tres días murió. Siempre imagino que fue una especie de despedida para ella. Que volvimos del viaje los tres juntos y se aflojó. No sé cómo funcionan estas cosas. Si uno tan fácilmente decide que ya está para partir y arranca. Tampoco sé si quiero saber.

Pero dejemos la historia y vamos al nudo. Más allá de la anécdota de los pulgares arriba que sigo y seguiré cumpliendo religiosamente y que obviamente ya le inculqué a mi hija, mis viejos me dejaron muchas otras cosas. Y quería comentarlas con ustedes.

Siempre critico mucho a aquellos que putean a alguien por ser el hijo de. Que tus progenitores sean o hayan sido hijos de puta no te convierte a vos en lo mismo ni viceversa, por supuesto. Por ahí saliste una porquería teniendo dos padres maravillosos. Pero más allá de eso, mis viejos hicieron denodados esfuerzos para enseñarme algo que en la escuela se enseña sólo marginalmente, y es que en la vida hay que ser buena persona. Por supuesto que si nos ponemos a intentar definir qué es ser buena persona nos costará ponernos de acuerdo pero hablo de los básicos, de los principios de solidaridad y respeto por el prójimo, de ser honesto, de calificar dentro de los parámetros que la mayoría utilizaría para describir a una buena persona.

Ahora bien, ¿Cómo me enseñaron? Claramente con sus acciones mucho más que con otro tipo de lecciones. En principio ver la solidaridad que tuvieron con sus amigos a mi me resultaba impresionante. Solidaridad que muchos devolvieron hacia mis padres cuando ellos la necesitaron y otros tantos no.

Se puede ser buena persona y exitoso a la vez. Ser un garca no es requisito ineludible para trascender. A veces, no muchas, los buenos también ganan.



A mis viejos les fue bien muchos años y mal muchos otros. Tuvieron una empresa de servicios de personal temporario y la debacle llegó cuando pusieron una agencia de viajes y llegó Internet a complicarles sustancialmente el negocio. Mi papá solía decir que uno se enriquecía o se empobrecía en la Argentina entre que se iba a dormir y se despertaba sin haber hecho nada en el medio. Un poco sigue siendo así. Lo cierto es que las veces que le fue mal y tuvo que cerrar una empresa, jamás quiso declararse en quiebra. Decía que eso iba a afectar su buen nombre y honor y el ya iba a ver cómo pagaba todo lo que debía pero lo iba a hacer. Un tipo raro. Pero a mi me generaba mucho orgullo esa actitud, aunque también algo de angustia.

En definitiva no tengo del todo claro qué quiero decirles con esta columna. O en realidad sí. A nuestros hijos hay que enseñarles lo que no enseñan en la escuela, hay que tratar de que sean buenas personas, buena gente, solidarios, comprometidos con lo que pasa alrededor. Es algo que escasea en Argentina. Uno se cruza con cada vez más garcas. Al menos intentemos “evangelizar” un poco con los más cercanos. Yo lo intento con mi pequeña saltamontes y será un gran motivo de felicidad si ella logra asimilarlo. Se puede ser buena persona y exitoso a la vez. Ser un garca no es requisito ineludible para trascender. A veces, no muchas, los buenos también ganan.


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