VIOLENCIA DE GÉNERO

Sobre depredadores y depredadas

Mucha gente considera que la violencia es un problema íntimo, de “a dos”. Es decir, que la mujer abusada tendría responsabilidad sobre la violencia que padece. Como si poner el cuerpo fuera lo mismo que poner el puño.

Sebastián Fernández

Hace un poco más de 70 años se estrenó Luz de gas, la obra maestra de George Cukor, protagonizada por Ingrid Bergman, Charles Boyer y Joseph Cotten, un film basado en un policial victoriano que el director llevó hacia el costado más psicológico de la historia.

La película comienza con el misterioso asesinato de una célebre cantante de ópera, la tía de la joven protagonista encarnada por Bergman. Ésta, afligida, huye de Londres a Italia en donde conoce a un pianista - el personaje interpretado por Charles Boyer- con quién se casa y decide volver a vivir a la casona propiedad de su difunta tía.

La relación entre ambos pasa del idilio inicial a una dependencia patológica. El personaje de Boyer la aísla “para protegerla”. Ciertas noches, ella incluso cree percibir que la luz de la casa disminuye (es luz de gas, de ahí el título del film), algo que su marido niega y que la convence de que ha entrado a transitar un camino de locura creciente.

Algunas dudas sobre la identidad del pianista y la llegada de un detective de Scotland Yard -caracterizado por Joseph Cotten- logran salvarla de las garras de su marido y, sobre todo, permite develar el misterio: Boyer asesinó a la tía cantante para robarle unas joyas que no pudo encontrar y planeó el viaje a Italia y el posterior casamiento con su sobrina para poder seguir buscándolas en la casona familiar. Esa búsqueda en el desván durante la noche, entre los infinitos vestidos y tocados de la diva, originaba la disminución de la luz en el resto de la casa y que su mujer percibía. El personaje de Ingrid Bergman no estaba loca: la enloquecían.

Recordé esa película al leer Colombia, un largo artículo de la escritora y guionista Carolina Aguirre, publicado en la revista de La Nación. En él, Aguirre relata la relación tortuosa que tuvo con su ex novio, quién la maltrataba y a quién, sin embargo, no lograba dejar (“lo dejo una vez por semana por lo menos”). El novio pasaba del maltrato a las apasionadas declaraciones de amor eterno, de la violencia a la dulzura. Como el personaje de Ingrid Bergman, Aguirre sentía que enloquecía (“¿Estaré loca? ¿Será verdad que lo estoy haciendo sufrir así?”). Incluso su analista, a quién imagino con la cara de Charles Boyer, le explicaba que el problema era ella.

Durante un viaje a Colombia (de ahí el título de la nota) ella intenta dejarlo y él la golpea con violencia. Gracias a la seguridad del hotel, Aguirre consigue irse y, al otro día, volver a su país y a su casa. De a poco, con la ayuda de un papá que da mucho sin saber demasiado, de amigos y de una ex pareja, logra pegar los pedazos rotos y hacer lo que mejor sabe: escribir sobre lo que pasó.

Hay datos importantes que ella señala: es una mujer independiente, con recursos y, además, una persona comprometida con la causa de la violencia de género. Es decir que, además de estar bien informada, no padecía un flagelo común entre las mujeres maltratadas: la dependencia económica hacia el maltratador que les impide huir. En un primer momento se culpa por haber tolerado esa relación para luego, con lucidez, aceptar que le puede pasar a cualquiera (“¿Por qué no a mí, si le pasa a todas? ¿Tengo coronita?”). Creo que ese es el punto esencial de la columna.

Mucha gente considera que esa clase de violencia es un problema íntimo, de “a dos”. Es decir que la mujer abusada tendría responsabilidad sobre la violencia que padece. Como si poner el cuerpo fuera lo mismo que poner el puño. Es una extraña opinión que no solemos tener frente a, por ejemplo, un robo o una estafa. No decimos que pasear con un reloj caro nos haga co-responsables de su eventual robo o que quién cayó en el cuento del tío, por más que estuviera bien informado al respecto, sea otra cosa que una víctima. Las mujeres que padecen abusos no suelen contar con esas elementales prerrogativas. Al parecer, si eligen a un depredador es ¨porque les gusta¨.

Ocurre que los depredadores no son sólo eso. Suelen ser, además, tipos encantadores, amables, en apariencia sensibles, que dicen lo que sus parejas o amantes quieren escuchar y que, además, suelen elegir a personas que pasan por momentos de debilidad para, como en Luz de gas, “protegerlas”. Quién elige a un depredador no elige estar en un ring, no todo el tiempo al menos. Elige también las flores regaladas, la falsa protección y las declaraciones de amor eterno que se matizan entre golpes y descalificaciones.

Hay un extraño veneno que abunda al opinar sobre estos casos y que consiste en culpabilizar a la víctima, para que, además de recibir golpes y vejaciones, deba maltratarse por haberlos aceptado. La realidad es que no hay ninguna equivalencia entre depredadores y depredadas. Antes de levantar el dedo, entonces, deberíamos recordar que nadie acepta vejaciones, sólo las padece.

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