GOBIERNO

Pasado imaginario y moralismo selectivo

“De Illia se rescata que fuera a la Casa de Gobierno en subte o que después de su derrocamiento tomara un taxi para volver a su domicilio. Estos gestos demagógicos, porque no son más que esto, en nada mejoran la calidad de un gobierno ni pueden ocultar su fracaso y su ineficiencia.” Carlos Corach / 18.885 días de política

Sebastián Fernández
Hace unos años, Marcos Aguinis publicó “¡Pobre patria mía!”, un penoso panfleto que el propio escritor apocalíptico describió como “un grito sublevado, un llamado de atención, una apelación a parar la pelota enloquecida en que se ha convertido la Argentina de hoy”.
Aguinis logra un compendio de lugares comunes que llora la decadencia de una Argentina imaginaria, desde el maravilloso Centenario, época en la que llegamos a ser “la octava potencia mundial”, hasta el siniestro Bicentenario, que nos ofrece un país en ruinas, víctima de una siniestra dictadura populista.

Más allá del error de creer que un país puede ser una potencia por el valor asignado en determinado momento a su producción (si ese fuera el caso, hace años que Arabia Saudita sería una) lo notable es la elección de nuestro paraíso perdido: 1910. Según la cronología de Aguinis, nuestra decadencia coincide con el inicio del sufragio universal y, sobre todo, con los reclamos populares por acceder al poder político, hasta ese momento detenido por una minoría. Los progresos alcanzados en el último siglo, como la consolidación de la democracia, la disminución del analfabetismo y la pobreza o la ampliación de derechos como el voto femenino, las vacaciones pagas, el divorcio o la jubilación generalizada, no cuentan. Antes “éramos decentes”, señala Aguinis, y hoy ya no lo somos.

En una asombrosa columna publicada ayer en La Nación el mismo autor que durante doce años alertó sobre un apocalipsis inminente aunque siempre esquivo, saluda con entusiasmo el advenimiento de Macri, “una suerte de Konrad Adenauer que debe sacar su país de la ruina”. El paralelismo es cronológicamente correcto, ya que el mismo Aguinis comparaba a La Cámpora con las Hitlerjugend.

En todo caso, nuestro Adenauer de Barrio Parque tiene el don de transformar el barro kirchnerista en oro republicano: así como era legítimo que la oposición en el Senado aclarara que rechazaría a cualquier candidato a la Corte que fuera propuesto por CFK, Aguinis justifica la decisión de Macri de nombrar a dos jueces obviando esa instancia porque se debe “resolver la parálisis parcial de la que adolece el máximo tribunal”. Imaginemos por un instante qué hubiera escrito de haber sido CFK quien eligiera ese método.

Así como antes Aguinis aplaudía la valiente resistencia de los diputados opositores que votaban en contra, se retiraban del recinto o no daban quórum al tratamiento de proyectos oficialistas, hoy califica a los legisladores bonaerenses del FPV de “esclavos” a las órdenes de la “ex emperatriz” ante la misma circunstancia.

El moralismo selectivo de Aguinis permite que los métodos que hasta ayer eran atroces hoy sean virtuosos. Quién ayer calificaba a CFK de nazi exige hoy que los disensos “se apoyen en la seriedad y en la lógica”. Incluso la fortuna presidencial, que en el caso de CFK generaba una permanente sospecha de corrupción, es en el caso de Macri la prueba de su éxito empresarial.

Llevar el debate político hacia el moralismo selectivo o comparar nuestro presente “en ruinas” con un pasado imaginario forma parte del ABC reaccionario. Así, el gasto social se equipara a “una esclavitud mental que impone una limosna llamada subsidio” mientras que la disminución de retenciones equivale a “un estímulo poderoso para seguir invirtiendo”.

Como en el caso de la canonización de Illia a partir de gestos políticamente irrelevantes, la letanía de la supuesta decencia de Macri o de sus intenciones nobles apunta no sólo a justificar métodos extremos sino que oficia de cortina de humo para ocultar lo que realmente entusiasma a Aguinis y debería preocuparnos: sus políticas y sus resultados.

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